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La lectura de este blog debe realizarse de ABAJO HACIA ARRIBA, para poder seguir la historia, puesto que, cada nueva historia completa la anterior.

17 dic. 2009

Baldwing Ruit y los errores consecuentes del stress.

La corbata se sacudia frente a Baldwing. Esos obscenos lunares rojos no eran decorativos, eran horribles. El hombre se paraba frente a él y levantaba una ceja, con una sofocante cara de estúpido.Baldwing recordo los pepinos largos y desabridos que vendian en las huertas aledañas a la ciudad.

 De seguro que la corbata (que tenia esos lunares horribles) le cortaba la irrigación sanguínea. Baldwing permanecia sentado con los ojos mirando un punto fijo. A la izquierda, casi de frente al archivero, un dispenser de agua  producia un sonido acuático de vez en vez cuando una burbuja llegaba a la superficie.
_ ¿Ha entendido señor Ruit?
Baldwing asintió. Era el quinto jefé que tenia  en dos meses, desde que la compañia cambiaba frecuentemente de dueño.
_ Sigo sin entender -agregó- el porque de las quejas.
Baldwing habia vivido esas charlas infinidad de veces. Sus compañeros lo detestaban y desfrenestraban y siempre lo sometian a largas charlas los nuevos jefés. Baldwing recordó en ese moemento que la única vez que se sentó junto a sus compañeros en el comedor, todos callaron y comieron callados. Descubrió ahí que las arvejas masticadas a velocidad normal emiten un sonido pastoso y monótono.

_ Usted los incómoda.  Verá Ruit, soy un hombre fuerte, así me considero. Y usted en quince mínutos me ha provocado jaqueca.
_ No he dicho demasiado como para turbarle los nervios.
El hombre masticó largamente su chicle oprimiendo sus nervios. Baldwing pensó que al no llegarle sangre al cerebro  era normal sufrir migraña.
Afuera se oían risitas en los pasillos, charlas inentendibles y largos tipeos de máquinas de escribir. De vez en cuando también rompia el silencio el timbre de un teléfono.
_ Bueno Sr. Baldwing, digame, ¿Que cree de todo esto?
_  No me trasmita sus responsabilidades, de lo contrario usted deberá ponerse a archivar y yo a gritarle a la gente. Y no me gusta gritar.

El nuevo jefe lo miró con violencia, aquel patanatas le estaba tomando el pelo. Por antiguedad nadie se atravia a despedir a Baldwing, aunque nadie lo soportace, es que su mirada, su andar, su silencios, inclusive su voz incomodaban a todos. Al moverse Baldwing parecia arrastrar con él una manta oscura de sombras.  Quizás era tiempo de que alguién le pusiera los piés en la tierra.
Tick-tack,  el reloj delataba un silencio grumoso. La mirada agresiva del jefe seguia posada en Baldwing, mientrás este miraba el dispenser. Finalmente Baldwing lo miró directamente a los ojos.
_ Es usted un imbecil inservible, Ruit, y yo mismo me encargaré de que a su primer error sea despedido.

Baldwing sabia que nunca cometia errores. En su trabajo era perfecto.
Sin embargo cometió un error: olvidó su cigarrillo sobre los archivos de la empresa.
Luego del incendio, todo el mundo habló de una fuga de gas y Baldwing pudo conservar el empleo. Sin embargo, mientrás todavia humeaban las instalaciones del edificio Baldwing no podia dejar de sonreir. La corbata se habia quemado y algunos retazos coloreaban los escombros.

11 dic. 2009

Alexander y el oído músical.

Crack....Crack....Crack.... Era una mala pregunta para hacerle a un marido infiel. No, no por su condición de infiel.

Crack.....Crack....Crack.... Y un silencio avenia a la situación real. Un silencio de ultratumba. En la otra esquina de la habitación Margot sonreía ante la pregunta de la ingenua esposa.

_¿Cómo crees que suenan los huesos a partirce?
Alexander la miró con la cara que pondría un cirujano si alguién le preguntase ¿De que lado está el corazón?

_ Los huesos al partirce suenan crack, crack, crack. -dijo jugando con sus dedos sobre un cuello imagínario-
_ ¿Cómo el crinch de un cristal cuando se rompe?
_ No, sólo Crack. Y luego de cierto tiempo y dependiendo donde presiones, también puedes pararle el corazón a alguien.

Alexander sonrió ante la ingeniudad de la esposa.

7 dic. 2009

Baldwing y las decisiones díficiles.


Baldwing volvia a su hogar, su ropa pesaba demasiado y es que la lluvia lo habia golpeado salvajemente. Al dejar su paraguas la desolación de su claustro fué absoluta. Habia unos temitas que empezaban a darle golpecitos finos en la sien. ¿Acaso llegó la hora de sacarlos de ahi?.
Baldwing discutia esto con su cigarro y Buenos Aires tan hostill le doblegaba su repudio encandilandolo con las luces.

Es que Baldwing no sólo es un cínico, es un genio en proceso.

Salió apabullado de su propio hedor a soledad. Un viejo punto turístico de la ciudad fué el celoso guardían de su hundimiento espiritual en ese fango espeso de la demencia.
 Las luces bailaban entre la lluvia, esquivando las gotas y dispuestos a no mojarse los hazes muchas veces morian refraccionandoce.
Se sentó frente al teatrillo callejero y esperó la salida de los artístas.  Una señorita vestida de bailarina se le acercó con ojos pardos y serenos, quizás los más serenos que Baldwing vió alguna vez. Una cortina tenue de olor a marihuana provenia de algún sitio.  Las carcajadas psicodelícas invaideron a Baldwing de un horror de pesadilla de niños.

_ Señor, hoy no hay función.

Baldwing la miró a los ojos y saludando cortesmente salió a encontrarse con la lluvia, convencido de que el teatrillo le habia dado la mejor función de todas. Ahora tenía algo que no podía guardar en su caja. Una mirada, ruido de carcajadas y un espeso olor a marihuana sobre los adoquines de Buenos Aires.  Y sin embargo se sentía feliz, como nunca.


27 nov. 2009

Alexander y la crianza de un niño.

Cuando la señora preguntó sobre el niño y comento lo adorable que eran esos cachetotes, jamás imaginó la perversidad con la que aquel infante se desarrollaria. Aquel dos de enero,  para ser francos no tuvo nada de particular. Tan monotono era el día que siquiera era recordable por el clima.

Alexander miraba a su mujer pero no dejaba de pensar en aquella bella protistuta con la que habia empezado a frecuentarse. Aveces cuando se sentaba a conversar con su mujer le resultaba tan poco fructifero todo,  que las charlas ya se habian desechado en la relación. Aquella mujer era una santa, pero Alexander padecia eso,  no lo disfrutaba.

El pequeño Baldwing caminaba ya a paso seguro y no se caía. Finalmente se paró frente a un perro callejero que no dudo en enseñarle los dientes, al pequeño, que se acercaba con fatales intenciones tal como tirarle del rabo.
Baldwing esbozó su primer sonrisa perversa, los dientes finos y largos del animal y su presencia de ira le causaban una extraña símpatia. El perro huyó aterrorizado por aquellos pequeños ojos tan palpitantes de maldad que lo miraron una y otra vez chispiando un secreto amor hacia la sangre.
Cuando Alexander se distrajo, Baldwing estaba haciendo algo de lo que más disfrutaba, corriendo contra grandes hormigueros  y sin dudarlo un segundo los pateaba. Las hormigas brotaban furiosas de su huecod, tratando de defender su hogar. Escalaban rápidamente las piernas del visitante y hundian sus mandivulas para inyectarle a aquellas rosadas piernecitas el suficiente ácido fórmico como para chistar un rato.
Baldwing no se conformaba y continuaba pateando monticulos de tierra impregnado de colonias de hormigas. Alexander pronto notó a su hijo saltando endemoniado, las hormigas le daban batalla.
Caminó lentamente hacia el termo de leche que siempre llevaban para el biberon y alzando a su hijo en brazos lo miró fijamente.
_ Son malas eh.
_ SI! -gritó torpentemente Baldwing-
_ Aveces, cuando el enemigo es superior y más poderoso, debes tan sólo usar tu cabeza.

Baldwing miraba los ojos inmensos de su padre sin comprender del todo la lengua adulta. Alexander le sonrió, algunas hormigas ya habian comenzado a tomar los zapatos del hombre, y tomando el termo arrojó toda la leche hirviendo a la tierra que pronto tomó un color marrón claro mienrás mezclandose con el vapor brotaba del suelo un calor que ahogaba en una ardiente lluvia láctica a los insectos que se retorcian al tiempo que sus cuerpos comenzaban a flotar.
Alexander y Baldwing contemplaron abrazados el espectaculo mientrás el sol caia  y las hormigas en sus lenguas primitivas clamaban piedad asfixiandose en la nata.


Dos días después Baldwing descubria que algo símilar pasaba con los perros si se le tiraba agua hirviendo ensima y así se dedico a experimentar con todo el ecosistema el resto de sus primeros años.

19 nov. 2009

Baldwing y el diario de su padre.

Billones de papeles se prolongaban en el sueño de Baldwing, una oficina de paredes infinitas y  él tipeando letra por letra, atrapado en su mónotono cubículo. Cuando el sueño lo vencia y su cabeza comenzaba a revotar de arriba a abajo escuchaba la voz de su jefe junto a aquel insólente de ojo de vidrio que lo observaban. Al otro lado su mujer sostenía a un bebe putrefácto. Finalmente su cajón se abría y la Magnun Carry iluminaba el inquietante silencio.
"Hazlo" "Hazlo" "Hazlo" le repetía una voz familiar. Al tomar el arma no sabia a quien disparar y finalmente al trataba de volarse la cabeza, repetía la acción de apretar el gatillo infinitamente, el arma estaba vacia. Inmediatamente quedaba en una sensaciòn de inmovilidad que lo hacia sentir incómodo. Al abrir los ojos notò que la sensaciòn se habia trasmitido al cuerpo y no podría moverse, pero ya era claro que habia dejado de soñar, en sus sueños nunca estaba el vaso de agua sobre la mesa de luz.

_ El bebè ha despertado. -la voz sonó lejana, como desde la infancia y Baldwing sintió arder su nariz frente a un perfume que le era familiar-

Por la ventana ingresaban los ruidos de la ciudad, bocinazos, gritos, y un silencioso monstruoso que asecha, porque Buenos Aires nunca duerme.
Apenás los ojos de Baldwing se acostumbraron a la oscuridad, descubrió estar atado.

_ Cuando nos cruzamos .-la voz parecia moverse- Me dije ¿En que se ha convertido este muchachín?
Un encendedor iluminó la habitación, los plieges de su rostro fueron uno a uno contorneados por la danza de aquella chispa de luz -
La mujer era mayor; reconocío un largo camino de arrugas en su rostro, un hediondo saco de piel y una sombra bastante apegada a su alma. Poco a poco Baldwing sincronizaba los pasos al moverse  del cigarro.  Finalmente reconoció un sonido,  esos tacos en una callejuela, en una habitación vacia o serenos mientrás un cuerpo se desnuda, sonaban de igual manera. Margot.
_ Uno se espera siempre mucho más de sus hijos. Tú eres una sombra de lo que fué tu padre.

Un frío se posó en la sien de Baldwing. Olío rápidamente el métalico aroma mezclado con tintes de polvora provenientes del percusor. Y unos crístalinos ojos lo juzgaron desde el más allá.
_¿Porque sonríes? -pregunto Margot-
_ Me encantaría ver las astillas de mi craneo lloviendo sobre Buenos Aires...


Margot tiró su cigarrillo sobre las sábanas, pero para la lamentación de Baldwing éste se apago.
Finalmente oyó la puerta del fondo cerrarse, ya estaba sólo. Trató de desatarce pero le fué imposible y se durmió.

Al despertarse no habia ni una sóla cuerda, ni su cajón estaba desordenado. Sobre su mesa de luz el diario de Alexander Ruit era lo único que Baldwing pudó hayar que le diese un índicio sobre que realmente sucedió durante la noche.
Cuando terminó de leer las primeras tres hojas del diario, Baldwing, no pudo evitar preguntarse porque su madre se habia casado con el mayor cretino de la ciudad, mientrás Margot al otro extremo de la ciudad,  se afirmaba vehementemente que Baldwing era un desquiciado, de seguro.

Aquella mañana y pese a que su padre era un cretino decidió volver a rasurace con aquella navaja que tanto custodiaba en su cajón, la navaja de su padre.

26 oct. 2009

El día que Alexander conoció a Margot.

Viento M: Aquí cumplo con lo prometido. Un saludo caluroso.
Esta historia viene a completar la historia escrita por Margot: http://soloundeliriodelaluna.blogspot.com/2009/10/la-noche-en-que-marguerite-conocio.html

Saludos
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Habia una sóla persona a la que Alexander deberia de temer.

Regresaba de su primer viaje al exterior, habia cumplido un trabajo en otro país y eso lo emocionaba. Al llegar a su casa lo sobresaltó encontrarse con una nota que lo citaba en un restaurante a las afueras de la ciudad, "Le chambre" era el nombre del sitio en las instalaciones de un chalet residencial.
"2.30 a.m nos encontramos en "Le Chambre",
"Rodrigo Minerva."

Leía la nota en colectivo, afuera la ciudad dormía silenciosa y el colectivo perforaba el vacío como una aguja que traspasa la piel. El sólo saber que aquel hombre lo habia citado de cierta forma lo incómodaba.

Apenas entró al palier del local pudo divisar de manera casi inmediata una mujer subiendo al ascensor, le llamo la atención el horario tardío de ella pero más aún el presuroso instinto se quedó embobado con sus curvas. Alexander subió por las escaleras y llegó al quinto piso.
El local estaba oscuro dando la primera impresión de estar cerrado... Alexander tomó el redondo picaporte y lo giró. La ceradura cedió y la puerta abrió con un sonoro crujir que le revolvió el estómago a Alexander.

En el fondo del restaurante, una silueta se dibujaba en una mesa. Alexander reconoció de inmediato al joven, no cabia duda, Rodrigo Minerva estaba esperandolo. Camino hasta la mesa.
Minerva lo inquietaba como si fuese un alumno rebelde frente a su director.
Se sentó frente a Rodrigo, quien miraba la imponente vista de la ciudad desde la ventana. Alexander miró por la ventana y irrumpió el silencio.
_ Bueno, aquí estoy.

Los ojos de Rodrigo se posarón sobre los azules de Alexander. Rodrigo tenía los ojos castaños oscuros, cabello ondulado. Aunque no era un hombre que sobresaliese físicamente era dueño de una presencia titánica. Las transparentes pupilas de Alexander se adaptaron rápidamente a la oscuridad y pudo verle una sonrisa mácabra a Minerva.
_ ¿ Has comido langosta alguna vez?-preguntó Rodrigo-
_ No.
La aspera respuesta de Alexander delataba su miedo. Queria minimizar el tiempo que pasarìa en esa habitación.
_ Sérvite.
Alexander bajó la vista y se encontró con una copa de vino, langosta y todo delicadamente preparado para una cena. Alexander no estaba cómodo por una sencilla razón, si él era considerado una asesino, Rodrigo Minerva era un genocida.
Tomó una copa de vino y se dispuso a conversar, sin embargo algo le llamo la atención en su copa de vino. Pudo distinguir en el reflejo de su copa algo extraño a su espaldas. Antes que Rodrigo se preparace para hablar Alexander se llevó un dedo a la sien. Minerva quedó confundido ante la seña.
_ Aquí dá... -le encantaba las pausas que sometían al misterio- el primer disparo si no le dices a tu gorila que nos deje solos.

Rodrigo lo miró irritado, Alexander trató de enmarcar su sonrisa clásica pero apenas pudo hacer una burda mueca. Pronto el guardia de Rodrigo estaba afuera.
_ Envié otro para que te acompañará, tenía miedo que te siguieran o hagas alguna estúpides
_ Noté que me seguían.
Rodrigo levantó el cejo. Alexander comió su primer bocado de langosta.
_ No me gusta que me sigan.

.....

El colectivo abre su puerta y Alexander baja a quince cuadras del lugar. Un taxi se detiene a treinta metros en la vereda de enfrente. Alexander comienza a caminar, pero siente algo en el cuello, como un collar pesado. Alguién lo está observando, lo notá al instante, el espia era torpe en sus pasos como un cachorro que se dispone a seguir a su madre y tropieza una y ootra vez.

Cuando el guardia dobló en la esquina; descubre una calle desolada. "Que escurridizo ese hombre,"pensó al tiempo que Alexander le ponía el arma en la cabeza por la espalda.

El disparo resonò en la atmósfera turbia de Buenos Aires.
...

_ ¿Que le hiciste?
_ Un disparo.
Rodrigo paró de comer. Alexander sostenìa su dedo ìndice frente a los ojos directos de Rodrigo.
_ En la pierna. -agrego-
Alexander se preguntaba porque el mejor asesino de Argentina tenía guardaespaldas. Rodrigo, a diferencia de Alexander, se encargaba de asesinatos políticos, por un precio descomunal y llegando a matar grupos de personas enteros. Todo eso sumando que no excedia los 25 años era un ser terriblemente frío.
_ Vamos a lo nuestro Ruit.  ¿Sabes que nos diferencia?
_ No.
Por fin habia comenzado la charla. Desde que habia entrado al lugar se preguntaba que hacia con ese tipo frente a él.
_ Disfrutas tu trabajo. Para mí es un trabajo y nada más. No me pongo idealista.
Un ruido sobresalto a Alexander venía de algun sitio pero no lograba distinguir. Rodrigo se levantó y prendió una luz.Al fondo en una silla un hombre atado y amordazado trataba de librarse vanamente de las cuerdas.
Rodrigo caminó frente a un maletín, lo tomó y lo abrió frente a Ruit, este quedo boquiabierto frente a la cantidad de dinero.
_ Y hay más. Un disparo ¡BANG! y todo esto se te acredita.

Alexander pensó un momento
_ ¿Por qué no lo haces vos?
_ Te estoy probando.
_No lo voy a matar en un chalet lleno de gente.
_ No te vas a ensuciar, ni un problema.
Un crucé de miradas certificaba la confianza. Rodrigo tampoco iba a arriesgarce, era todo menos estúpido.
_ ¿Que fué lo que hizo?
_ No es tu problema.
_ Si voy a matar un hombre quiero saber si lo merece.
_ ¿Y eso està a tu juicio, Ruit?
_ Un poco si. ¿Por què?
Por un momento se sorprendio de si mismo, estaba respondiendole a Rodrigo Minerva como un igual.
_ No te importa.

Alexander estaba incómodo, deseaba con todo el alma salirce de ahí, estar tranquilo en su casa descansando. Una horda de calor empañaba la ventana y las luces tìtilantes dibujaban la ciudad. Bebio un trago de vino que asperamente le curo el dolor que provoca el silencio. Finalmente se atrevio y lo dijo.
_ Entonces paso.

Rodrigo sonrió, caminó hacia el hombre y le disparó un tiro en el pecho. El hombre apenás si tuvo tiempo de quejarse. Alexander prendió un cigarrillo pero Rodrigo le hizo señas que no se podía fumar, mientrás el hombre gemía con los instantes que le quedaban de vida.

Rodrigo se peinó y se sentó frente a Alexander.

_ Me pagaron para que te mate Alexander.
Rodrigo pusó el arma en la frente de Alexander y este conocio el miedo como un cosquilleo desde el dedo anular de su pie (sobre el cual tenia una especial sensibilidad) hasta el centro de su médula subiendole por la espalda.
_ La diferencia entre nosotros es que mi trabajo es matar. Y lo hago.

Alexander apago el cigarrillo, le temblaba la mano pero no el rostro. Aquello le recordo a la primera vez que mató un hombre.

_ No vas a matarme. -atinó a decir aprovechando el sonido de un aviòn que hacia vibrar la mesa-
Encontences comenzó a darle golpecitos con la frente al arma. La acción de Alexander hizo que Minerva quedace tiezo ¿Cuán demente estaba este sujeto?

_ El trabajo que has echo en México es genial. -dijo bajando el arma- todo el mundo está convencido y las pistas índican que fué un suicidio. Felicitaciones.

El rostro de Rodrigo perturbaba a Alexander. Parecia saber la verdad siempre, indagando con sus ojos al fin de descubrir las mentiras.
_ Fue un suicidio ¿verdad?. No lo mataste.
_ No, no lo hise.
_ Lo induciste al suicidio.
_ Murió. ¿No era lo que importaba?
_ A mi no me importa cómo, pero tienes una magía y la usas sólo cuando quieres. La gente que me pidio que ... - movió el dedo como tratando de ilustrar- me encargara de ti aceptaron que no lo haga contigo, pero pidieron tu familia.
Alexander lo miró con una intensidad que a Rodrigo logró perturbar.
_ Me he enterado que has sido padre, ¡felicitaciones!. creo que te doleria ver a tu bebe muerto.

Los ojos de Alexander brillaron como cuando la muerte de alguién estaba en puerta. Una sonrisa le iluminó el rostro como si todo de lo que estaba hecho se le subiese a la cabeza, dejó de jugar con la servilleta y mirò directamente a los ojos de Rodrigo que permanecian con su mueca de amenaza macabra. Tan sólo tardaron tres minutos los ojos de Rodrigo en mutar temerosos de Alexander.
El rostro de Rodrigo empalideció.
_ ¿Cuantos años tienes? -dijo tranquilamente Alexander-
__ 27
Alexander hubiese dicho que no superaba los 25, pero aquello no era importante.
__ Rodrigo, voy a perdonarte la vida por la insolencia que acabás de decir.
Rodrigo permaneció estático, los ojos de Alexander lo habian puesto realmente nervioso. En otras ocasiones hubiese llamado a uno de sus matones, pero ahora estaba solo, aunque él tenía el arma en la mano.

_ Pero te recomiendo -prosiguió Alexander- que vayas elijiendo el color de tu silla de ruedas.

Alexander le pidió el arma a Rodrigo. Este le apunto directamente a la frente.
_ Puedo matarte ya, si lo deseo.
_ Podrías, pero mi cabeza vale mucho y ya rechazaste el trabajo. Por el contrario nadie ofrece nada para matarte a tí. Podría hacerlo gratis.

Esa noche Rodrigo pagó la cena. Alexander se marchó y de detuvo a esperar el ascensor. Ya no estaba nervioso, sabia que Rodrigo queria cuidar sus piernas.

Cuando se abrio la puerta del ascensor Alexander miró fijamente a la mujer con la que se habia cruzado al llegar. Era prostituta, lo notò por el perfume que usaba y el olor a enjuage bucal. Sin embargo tenía en su rostro una tristeza mística y no dudó un segundo en ofrecerse para darle las caricias que tantos hombres le habian negado.

Ella aceptó y la noche terminaria bien.

22 oct. 2009

Baldwing y la buena educación



Desde chico Baldwing maldecia no haber podido estudiar. Era autodidácta, pasaba horas aprendiendo cosas y volviendose diestro en varias disiplinas. Amaba los volumenes de libros y por eso habia pasado décadas armando su biblioteca.

Por otro lado y pese a haber podido evitar el secundario, ser golpeado era un hobby que entetenia mucho a los cercanos de Baldwing. Los años habian pasado y la edad alejó al fracasado hombre de la rudeza física hundiendo su cabeza en un vomitivo fango de hipocrecia donde una mirada vale más que un golpe.
Aquel día, Baldwing volvía del trabajo orgulloso, habia pisado una cucaracha y se habia permitido disfrutar de ese crujir que tanto lo deleitaba frente a la atemorizada mujer de la limpieza quien desde hacia dias se quejaba de encontrar caquita de algo, que no terminaba de discernir. El problema de las ratas, cucarachas y cualquier parásito del humano, ama deborarse todo, sus comidas, sus papeles, sus libros. Por lo cual su muerte no era algo imperdonable.
Caminaba por el puente, un lugar sumamente poético de noche cómo delirio de Poe y Chopin una noche de opio.
Por allí hordas de coches desfilaban durante la abrazadora mañana, pero a la noche la soledad embutia cualquier sonido. Las bolsas de nylon danzaban con el viento como fantasmas y los pasos de Baldwing contrarestaban el arrollo surcandole los pies.
De repente una piedra cayó frente a Baldwing, después otra y otra más. Una precipitada lluvia de cascotes y piedras sacudió la inerte posición del oficinista.
Cuando quisó correr tres adolecentes, de entre 12 y 16 años lo habian rodeado. Baldwing se sintió como un lobo atrapado entre cazadores, hizo una mueca de rabia pero retrocedio.
Esa noche recibió una terrible golpiza y sólo lograron robarle 200 australes y un reloj de mano.

Al llegar a su departamento se curó las heridas, se baño y cambió de ropa. Pocos minutos después alguien llama a la puerta. El llamado insiste al punto que perturba. Si esa noche hubiese llovido, de verdad Baldwing habría conocido el miedo, de todas maneras no llovío.
_ ¿Quién es?
_ Viejo hijo de puta, abrí la puerta.
Baldwing sabia todo lo que iba a suceder, aquellos jovenes ferborosos de su brutalidad destrozarían todo pero quería estar ahi para verlo. Giró dos veces la llave antes que los tres jóvenes irrumpieran la soledad del ámbiente. Comenzaron pateando estantes, mesas y todo aquello que pudiese provocar el pánico. Sin embargo Baldwing miró por la ventana y luego de ser golpeado por uno de los jovenes, se levanto y sin dirijir la palabra se dirijió al baño.
_ ¿A donde vas cagón? -le grito un joven que corrió tras de él.

Lo atarón en el baño y se dispusierón a saquearlo. Baldwing sintió una repentina pena por ellos, eran jovenes y sus vidas corrían sin rumbo. Sabía que el podría ser un gran maestro y nuevamente su vida cobró momentaneo sentido. Reflexionaba acerca de esto mientrás los ojos se le inyectaban de sangre debido a la paliza que recibia.

Finalmente se fueron. Afuera, Baldwing Sentia patadas y griterios, risas histericas y burlas a personas desconosidas. Escuchó una historia de una riña, protistutas y una hermana de un conocidos. El final era terrible, pero seguro era una mentira.

Los minutos se sucedieron. Tic-tac-tic-tac. Una gotera del baño perturbaba la atención de Baldwing. ¿Cúantas gotas son necesarias para ahogar a alguién? -se preguntaba entre gota y gota- Docemil seicientas quience?... depende del volumen del cuerpo. Aquellas preguntas sólo lo divertian por matemática, nunca reparaba en que sus ejemplos hubiesen dejado perplejos a un par de alumnos de algebra.

Por fin, de un momento a otro, Baldwing, escuchó lo que esperaba. Un portazo final. Gritos y golpes. Más gritos y golpes. Silencio profundo y el ciclo comenzaba de nuevo.

En veinte minuto Baldwing miraba la puerta de roble que los separaba de los jovenes, era hábil desatando nudos, seguro que por la ágilidad de sus dedos.

Antes de pensar, lo que ya habia pensado, fué a controlar que el cajón en su pieza estuviese cerrado y milagrosamente lo estaba. Esa cerradura era tan resistente como le habian dicho, aquello lo alegro y se fué a la cocina, con gritos desgarrados de fondo a hervir agua para un café.

Luego, un poco mas sereno y con café en mano, se felicitó por la genial idea de quitar todos los picaportes de las puertas de su departamento para sólo permitir que se abran con media vuelta de llave y no de otra manera. Los jovenes habian quedado atrapados en la biblioteca y sin ventanas ni algún elemento cortante y fuerte, romper esa puerta o salir de ahi no sólo no sería sencillo, sino que sería bastante imposible.
Baldwing pensó que golpearian hasta cansarce, desvanecerse o lo que se dé primero.
Adentro del salón apestaba a libros, toneladas de ellos impregnaban el ámbiente de ese amarillento olor a páginas muertas. Ahora que ya no vivirian en las calles se dedicarían a leer, Chejov, Vladimir Nabokov, Borges, Bradbury, James Joyce, Homero y millones más. Seguro primeramente verían una fuente de alimento a aquellos nietos de la celulosa. Baldwing se los imagino delgadisimos ingiriendo los volumenes y tomos de geografía o de poesía renacentista. ¿Lo harían antes o después de que el hambre no les permita estar de pié?

Algo era seguro si es que el canibalismo no les place como opción, puesto que en aunsencia de carne cualquier similitud se hace deseable. leeran. Quizás sólo para matar el aburrimiento y comerán para sobrevivir aunque lo que devoran sea lo único que puedes ayudarlos a escapar del tedio.

Baldwing se preguntó cuanto tiempo dejarlos encerrados. Pensó en que él tardó 1 mes y medio en leer Don Quijote. Ese seria, entonces, un buen tiempo. Baldwing tenía la atención difusa y casi al tiempo que se preguntó que harian para beber volvío a su encuesta anterior: cuantas gotas serían necesarias para ahogar, ahora, a un luchador de sumo.

Prendió la radio a todo volumen para silenciar los aláridos y se fué a dormir a la casa de su madre.Feliz de ser tan buen educador no sospechaba que el primer libro que se comerían sería Facundo, de Sarmiento.

19 oct. 2009

Alexander y los juegos previos

Terecita Morales habia dejado pasar amablemente al Sr. Alexander Ruit y al pequeño Baldwing de catorce meses. Los conocía de hacia mucho y una visita siempre debía ser bien recibida.
La señora era una anciana aristocrática, de cabello canoso y enrulado. Usaba un sueter rojo y grandes prendedores y diminutos aros que le daban luz al rostro de la mujer. Alexander no pudo evitar pensar que en su juventud la mujer debió ser una maravilla.

Pasaron y rápidamente tomaron asiento. La casa de Terecita gozaba de ese aroma fresco que tienen las casas, era vistosa, de paredes blancas, grandes ventanales  con vista al jardín.
Terecita ofreció algo de beber, Alexander pidió un té para él y para Baldwing la señora prepraró un vaso de leche con galletas dulces.
Finalmente, la mujer se sentó frente a Alexander quien le regalo una sonriusa inmensae. La mujer quedo pensativa y al fin pregunto.
Terecita_ Digame, Señor Ruit, a que debo su visita.
Aquello era una mera formalidad, Terecita ya conocía la respuesta.

Alexander la miró serenamente, a los ojos y con una sonrisa respondió_ Verá, parece que alguién de verdad está enojado con usted.

La señora aparentó estar confundida. Baldwing jugaba con sus galletas como si fuesen barquitos en la leche y metía sus manos ensuciandose todo. Alexander lo limpió rápídamente con una servilleta y le apretó cariñosamente las manitos de niño.
_ ¿Cómo dice? -dijo la anciana-
Alexander odiaba ser demasiado detallista, pero debía simplificarle el asunto al señora.
_ Me pagaron para matarla.  -Luego de decirlo se sintió un poco tonto de ser tan obvio y se dijo de elejir mejor las palabras la próxima oportunidad-

La mujer tan sólo exclamo _Oh.  Y quedó plantada en el lugar.
Baldwing jugueteaba demasiado y Alexander lo miró reprensivo, aunque finalmente le sonrío. La mirada de la señora seguía posada en los claros ojos de Ruit quien acomodandose en la silla se la correspondió.
_¿Más té? -rompió el silencio la señora?
Alexander, que no habia terminado su taza, omitio la invitación.
_ ¿Sabe porque me elijen a mí y no a otra persona? Para este trabajo, digo.
La mujer sorbió de su taza.
_ ¿Por qué no falla? - Preguntó la mujer quien habia escuchado rumores sobre Alexander-
_ mmmm no. Cualquier  sicario no falla. -se detuvo para hacer una pausa, le gustaba saborear las palabras-  Me elijen a mí porque soy prolijo y porque les hago entender a mis víctimas que ellos merecen morir, que es su mejor opción.
Hubo un silencio de miradas. Baldwing lo percibió y también se calló de inmediato. Terecita y Alexander se miraban fijamente a los ojos.

_Digame -comenzó Alexander- ¿Porque cree que alguién desea terminar con ud.?
_ Hice muchas cosas malas. ¿Ya?
_ Si esa respuesta la conforma a ud, ya.
_ ¿ Desea morir?
La vieja era terca, de aquellas señoras tan rudas que asustan a quien las quiere perturbar.
_Supongo que usted es el ángel que ha venido a ponerle fin a mi tirania. -dijo la señora con altaneria-
_ Que bonitas palabras tiene señora. -dijo inundado de sacarmo- Me gusta sentirme como un ángel.
Casulamente en aquellos momentos el sol recortaba la silueta de Alexander de manera mágica, la anciana pensó en ello y se sonrío.

La mujer se levantó y puso la radio. Alexander tomó su último sorbo de taza de té. Cargó a Baldwing y le enseño algunos de los libros de la amplia biblioteca de la casa.
_ Le gusta mucho ver libros y tocarlos. -le dijo Alexander simpáticamente a la señora-
_ Haga lo que vinó a hacer, Ruit.
El tono de la anciana cortó asperamente el ambiente tranquilo que Alexander habia generado.

Alexander  dejó a Baldwing y volvió a la mesa. Puso su negro malentín sobre la misma, lo abrió y sacó  su brillante Magnum Carry.  Afuera el sol radiante regaba el cesped que en pocas oportunidades venia tan verde.
Alexander le pusó el arma entre las cejas a la sra Morales, tiró del percursor y gatilló.
                           "Click"
Sonó el arma y un silencio irrumpido por las manos de la mujer que temblaban.A Alexander aquelló le recordó la primera vez que mató un hombre.

 _ Le tiene miedo a las armas veo.
_ Mucho.  -se limitó a decir la señora, casi mostrandoce humana-
Alexander notó esto y prosiguió _ Pocas veces he usado mi revolver. Sólo con personas que tenían algo que lo justificase, una cuestión de piel llamemosle.
_ Jugó conmigo, Alexander.
_ Solo un chiste de niños. Sólo eso.
Afuera un par de aves se paraban en la cerca y en sus vuelos trataban de robar los frutos que holgasaneaban del ciruelo.
_ Me gustaría dejar una nota.
Alexander la miró confundido.
_ Antes de irme -continúo la anciana- me gustaria dejar una nota. Usted no va a cambiar de opinión.¿Cierto?
_ Es mi trabajo, nada personal, pero con todo gusto. -dijo sacando una píldora roja de un pastillero y poniendola al lado de un vaso de agua sobre una blanca servilleta-  Tiene diez minutos desde que toma la pastila.
_¿Después?
_ Después se muere.
Alexander jugaba con su taza y miraba a Baldwing  quien se habia subido torpemente a una mecera y se movía. El piso crujía molestamente mientrás la radio continuaba trasmitiendo música entre pequeñas acotasiones de un agudo locutor.
_ ¿Dolerá? -finalmente dijo la anciana-
_ En absoluto.
_ ¿Como lo sabe?
Alexander reflexionó unos momentos.
_ He visto  mucha gente morir, algo aprendí.  Se dormirá y será la última vez que vea el mundo, sólo eso.
_¿Sólo eso?
_ Nada más.

 La mujer miró con lágrimas en los ojos a Alexander, como èl lo habia descrito sería fácil. Al fin todo se cerraria y vendrian las respuestas. Cerró los ojos con fuerza y tomó la pastilla. Una lágrima rodó por su mejilla.
_  Gracias. -dijo la mujer- Te agradezco que no me hayas lástimado. Otras personas pensarian que me lo tengo merecido. Les encantaría verme con un tiro en la cabeza, pero esa sería mi peor muerte.
_  Aproveche sus diez minutos. Escriba lo que tenga que escribir.

El reloj movia sus manecillas. Cada segundo un tic.tac y la radio empecinada dejaba escuchar una banda de jazz que comenzaba a imponerse en Estados Unidos. Baldwing estaba dormitado sobre la mecedora y Alexander lustraba su Magnum. le gustaba escuchar como gatillaba, una y otra vez.

_ Ya está. _dijo la anciana- .
Se puso de pié y se acercó a uno de sus ventanales.
_¿Cuánto tiempo me queda?

Desde allí se veía todo el espléndido jardín. La anciana se preguntaba cuanto tiempo le quedaría para mantenerse de pié.
_Segundos. -Respondió Alexander-
Finalmente, Terecita, sintió una corriente fresca  proveniente de su jardín dandole directamente en el rostro.  Aquello la hizo sonreir.
_ Extrañare mi jardín, mis flores. El olor del amanecer en esta ventana.

Atravez del vidrio de la ventana  pudo ver como Alexander se acercaba  mientrás le  ajustaba un cilindro negro a una colt 45.
_ Puede llevarse su jardín consigo. -dijo al tiempo que apretaba el gatillo-

Luego del silbido, la mujer cayó de rodillas. A Baldwing le causó gracia toda la situación.
El proyectil le habia entrado por la espalda y habia salido por el pecho.
Con un hilo de voz pudo preguntarle_ ¿Por qué?
Alexander esbozó una sonrisa mientrás miraba el jardín de la señora. Era un jardín realmente bien cuidado para una señora de esa edad, los jazmines eran gigantes y emanaban un olor que impregnaba la casa.

_ Las pastillas eran de placebo. Sólo estaba jugando.

Le colocó un jazmin en el pecho para cumplirle su último deseo. La mujer se durmió soñando con su jardin mientrás Alexander se alejaba cargando a Baldwing al que quizás ya deberia de cambiarle los pañales.

17 oct. 2009

Baldwing y la primer venganza.

Baldwing había controlado su cajón dos veces en el día como lo hacía a diario. La tercera vez que realizaba la rutina sabia conscientemente que buscaba respuestas.
No era extraño para Baldwing tener ese presentimiento. Sucedía cuando su sueño se repetía una y otra vez. Cómo si algo o alguien lo anticipase o tratase de enviarle un mensaje.
Revolvió una y otra vez su cajón. Finalmente el papel amarillento escrito con tinta azul ocupo el lugar en su palma casi posandoce debido al aire como una pluma que una niña lo agarra para pedir un deseo.

Tomó el teléfono del doctor que mató a su hijo y salió en la madrugada caminando en medio de la noche hasta una cabina, lo llamó y espero que alguien atienda.
En la casa del médico el teléfono aulló quebrantando los cristales del silencio noctámbulo y a juzgar por la hora todos pensaron que se trataría de una emergencia.
Baldwing tenía miedo de hablar, pero con un hilo de vos lo logró. Del otro lado un cansado hombre saludo.
_ Casa del doctor Rivero.
_ Si, el mismo habla. ¿Quién habla? ¿Qué pasa?
_ ¿Sabe lo que era la ley de Talión?
Hubo un silencio del otro lado_ ¿Qué?
_ Agradezca que estamos en una civilización moderna, de lo contrario yo debería matar a su hijo.
El silencio se agravó más del otro lado. A Rivero un haz de luz le cortaba la mitad del rostro.
_ Claro que en el útero de su mujer.-continuó Baldwing-
_ No sé quién es, ni se acerque a mi mujer.
El hombre parecia sonar rudo, pero en realidad sus pies se habian congelado de terror. Y Baldwing lo sabia.
Supuso entonces por el tono de voz del hombre y por su reacción que la mujer del Dr. Rivero estaba embarazada. Quizás internamente lo sabía desde hacia mucho.

_ Dígale a su mujer que se cuide de las escaleras.  -y colgó-

Desde ese día y durante cinco meses el doctor y su mujer adoptaron el miedo de costumbre. Ese miedo que se perpetúa con cualquier crujido, con cualquier molestia, con cualquier hombre que mira fijamente el abdomen hinchado de la mujer. Y el teléfono sonaba en la madrugada y una voz del otro lado se limitaba a decir_ Ley de Tailón.


Sin embargo pese al terror, Baldwing, tan sólo envió un peluche descocido a la habitación 198 del Hospital Allende, dónde Jerónimo Rivero había nacido un día helado a finales de Octubre.



El Dr. Rivero dejó de sonreír por el peluche cuando leyó la tarjeta que traia aparejada el oso. Sus dedos experimentaron un entumecimiento que jamás olvidaria. Imposible fué no mirar al recien nacido y su mujer, sonreir y tirar la tarjeta. Simulando sólo emoción.

Mientras tanto en su oficina, Baldwing, se sentía orgulloso haber logrado causar terror. Estaba con una sonrisa de oreja a oreja cuando su jefe lo reprendía por las manchas de tinta sobre los balances de octubre y por gastarse medio sueldo en tarjetitas de felicitaciones.


Es que Baldwing debió ensayar bien cada palabra para que el doctor nunca, jamás, volviese a conciliar el sueño.

13 oct. 2009

Alexander y los gajes del oficio.


Quizás por ser sábado a la tarde, el puerto estaba vacío. Unos pocos barcos se mecian vagamente sobre sus propias manchas flotantes de aceite.
 Alexander vio una joven figura mirando el horizonte. Femenina, de unos 23, 24 años de edad. Alexander se acercó despacio. Apreció cada detalle en las curvas de la señorita. Cuando la mujer volteó Alexander se enfrentó a los ojos más bellos que jamás había visto. Un turquesa penetrante invadió sus pupilas aquel quieto día.  El encuentro de miradas duro un par de segundos pero  en posteriores sueños esos ojos volverían, una y otra vez.
La mujer bajó la mirada. Alexander la sostuvo emulando la tranquilidad que le producia la quietud de la tade. Una tarde estática que se habia propagado por la ciudad.  La brisa cálida rodó desde el cabello hasta la cintura de la mujer.  El  vestido blanco  se le mecía y agitaba su pañuelo celeste. Alexander pensó muchas cosas mientras las anclas  golpeaban una y otra vez con las oxidadas cadenas debajo del mar.
Alexander camino hacia la muchacha, le sobresaltó asi mismo la reverberación de sus zapatos sobre la humedecida madera del muelle.
La mujer no volteo, quizás avergonzada, quizás inquieta.
 Él la miró con una extraña sensación de belleza, como si  mirase una obra de arte de una galeria.
Las curvas de su cintura jugaban sensualmente con el vestido. Alexander hizó cinco pasos pensando en los ojos que aquella joven le habia permitido ver.
Cuando le tocó el hombro  la joven volteo tímidamente, sonrojada a causa del  viento que levantaba su pollera.


A_ Es una hermosa tarde para contemplar el mar.
J_ Es verdad. –dijo ella casi repitiendo, sin voltear.

El mar suspiró.
A_ Quizás no entienda mucho de moda, pero su pañuelo, sus ojos y el mar hacen juego.
Dijo Alexander con una sonrisa seductora.
La mujer sonrío tímidamente pero no respondió. Le parecía un comentario por demás cursi.
A_ ¿Me permitiría ver su pañuelo?
La mujer miró confundida.
Otra vez esos ojos, cada pequeño destello de luz hacia única su mirada.
Sonriente Alexander le extendia su mano. La joven se quitó el celeste pañuelo y se lo dio en la mano. Su pelo bailo con el viento en aquel momento.
 Alexander lo acarició mientras sacaba un diminuto frasco de su abrigo.
A_ Es sencillamente hermoso,  Érica.
Las pupilas de la mujer se dilataron rápidamente. Quiso decir algo pero de su boca no salió palabra.
A_ ¿te gusta el mar verdad?
E_ Si.
La joven parecía atontada, Alexander comenzó a mojar el pañuelo con el contenido de una pequeña botellita de vidrio.
A_ Cuenta una vieja leyenda que si te duermes en el mar amaneces siendo sirena.

Por un momento el mar entero pareció callar. Todos sus ecosistemas guardaron silencio.
A_Que descanses Érica.
Y sin apenas forcejar el pañuelo le  beso la nariz. El desvanecimiento fue lento, como si se tratase de un film donde todo sucede en cámara lenta. Y fué así como su pañuelo celeste continuo flotando en el agua al hundirse el cuerpo con la perpetua ilusión de transformarse en sirena.





10 oct. 2009

Baldwing y su hipótesis sobre el segundo advenimiento.

Baldwing alzaba sus manos al cielo razo desecho y se miraba en el espejo.

_ Quizás sea alguna especie de Dios. - pensaba vagamente- Si, eso, un Dios hecho carne sufriendo los sacrificios de un mesías.

Tembloroso cojío su piloto y un paraguas...llovía estrepitosamente y saliendo a las 7 a.m de la mañana se aseguraba llegar a tiempo a su trabajo.

Afuera la lluvia se entretuvo impactando con su paragua. En una esquina un taxi levanto un charco que empapó a Baldwing.
"Los matirios de un Mesias moderno" pensó mientrás para la ciudad él era sólo una figura gris, pequeña y empapada bajo una lluva torrencial.

9 oct. 2009

La luna y Alexander Ruit.

La luna, enamoradiza de algunas historias que sólo pueden mirarse desde el silencio del satélite, se anima a contar sus historias en el blog de Margot.
En esta oportunidad, Margot, cuenta la historia de Alexander Ruit, el padre de Baldwing.


El link es:

http://soloundeliriodelaluna.blogspot.com/


Salud.

El Autor.

5 oct. 2009

Baldwing y como imponer respeto.

Baldwing redactaba una y otra vez un informe. Escribia rapidamente, sus dedos se desplomaban sobre la maquinita de escribir.

Levantó su vista al sentir que lo miraban.

La oficina era diminuta, apestaba a papel viejo y húmedo. Una ventana a espaldas de Baldwing repartia luz en el lugar, de frente una puerta dejaba ver el pasillo.

Su jefe y otros más lo miraban, como extrañados. De repente uno de ellos rompío en risa.
A Baldwing le indignaba ser objeto de burla, toda su vida lo habia sido. Su mirada cayó sobre sus papeles "La construcciòn puede demorar de dos a tres años utilizando materiales de buena cálidad, sin embargo sujerimos ..." decia el párrafo del texto que Baldwing tipeaba.

Baldwing tenia el dedo hinchado, cada vez que veia el anillo en su dedo índice y recordaba a su mujer pensaba en cortarse el dedo. No, no sacarce el anillo. No queria tolerar el tiempo que tardaba la piel en hacer desaparecer la marca que dejaba. Nada que le recordase a esa mujer. Mutilar la unión.


Una estridente risa llegó a Baldwing que no pudo evitar levantar los ojos. El de la risa se llamaba Sergio Falco. Era la mano derecha de su suegro. Ocupaba el puesto que Baldwing, por capacidad deberia ocupar. Su rostro, alargado y sereno era perfectamente armónico, pero un ojo de vidrio deformaba un poco aquella prólijidad estética que daba la imagen de Falco.

Se habian incorporado a la charla dos secretarias sumamente atractivas y de seguro se burlaban de la patética apariencia de Baldwing, era común para él que el género femenino se divirtiese a costillas de su mediocre apariencia.
No pudo evitar en aquel momento mirar a los ojos a Sergio, y sonreirle, como sonrie un desquiciado ante las llamas de la hogera donde piensan incinerarlo.



Sergio quedó paralizado,

¿lo habria soñado también alguna vez?, Baldwing se imaginaba hundiendole su lápiz de afilada mina en el ojo sano de Sergio. Una y otra vez. El chasquido que el ojo producia le sonaba morbosamente divertido.
Sergio no pudo evitar sentirce incomodo, recordó que esa misma sonrisa mantenia Baldwing mirandolo a los ojos el dia que decidieron brindar por su ascenso.

Baldwing esa noche recordó que los brindis tenian algo de especial. En sus origenes no eran rito de festejo, sino que ante la desconfianza de alguna autoridad ó persona hacia sus interlocutores realizaba el brindis. El miedo era, obviamente, que le hayan envenenado la copa.

Los que estaban por beber, golpeaban sus copas de modo que los contenidos se mezclasen. Si alguna de las copas estaba envenada, ambos moririan. De lo contrario, ante la inminente muerte, el traidor de seguro confesaría para evitarla.


Baldwing se sentia traicionado. Pero ya no funcionaba eso de poner veneno en las copas. Simplemente bastaba sonreir y que el destino se encarge de lo demás.

Y así fue que desde el día en que perdió su ojo, Sergio no volvió a acercarse a los brindis donde Baldwing fuese quien destapase las botellas mientrás sonreia.

2 oct. 2009

Baldwing y el llanto de aquella mujer

Los domingos por la tarde Baldwing gustaba de caminar frente a la costanera.
Generalmente cuando el sol se ponía, sobre un escalon al borde del mar, se sentaba una mujer joven, quizás 23 años.

A Baldwing le gustaba mirar como esa mujer de vestido blanco ondulante por el viento, lloraba hasta el anochecer, se levantaba y se retiraba. Inundaba cada domingo su pañuelo celeste de un salitroso llanto.

El acto se repetía domingo tras domingo, hasta que cierta vez la mujer no volvio a ir más.
Quizás ya no adoraba a ningun Dios del mar, quizás algún amor o familiar habia perdido la vida embarcado, quizás le daba melancolía ver el sol hundirse entre las olas como alma resignada a la resurección. Quizás alguién habia vuelto y ya no necesitaba llorar, quizás ella se unió al mar.

Si bien Baldwing jamás supo el motivo del dolor de aquella mujer, sobre una piedra dormia el celeste pañuelo.

Baldwing lo tomó una tarde entre sus manos, quien sabia cuanto tiempo habia pasado ahí.
El pañuelo aún hedia a llanto.

19 sept. 2009

Las memorias de Alexander Ruit.

Nuevamente caía al piso como un corte de carne ensangrentado. Los azulejos se teñían de rojo y su alrededor las piernas de su torturador no daban señales de cansancio ni de hastío. Al levantarse una patada en la cara lo dejaba tendido boca arriba jadeante. La habitación estaba completamente iluminada, el anciano podía verle los ojos a quien lo lastimaba de aquella manera y en aquel momento lo hizo. Estaba frente a un hombre no demasiado mayor, unos aparentes 30 años, de finos cabellos largos y una finísima sonrisa. Su mirada es fría y para nada inquieta.
El hombre comienza a contemplar sus manos húmedas. ¿Qué sucedió? El piso estaba inundado.
_ Quizás usted no lo sepa. El agua dulce no trasmite la electricidad quizás lo alivie saber que está parado sobre agua dulce.
El hombre mira atormentado y confundido.
El torturador se llama Alexander Ruit, quita de su bolsillo un diminuto papel.
_ Pero el contacto con la piel humana, automáticamente la vuelve salada.
El hombre parece sentir un dolor atravesándole el cuerpo y emite un leve quejido. Alexander sonríe.
_ Erilka es su nieta de 12 años. ¿Se acuerda de ella?
Alexander saca de un bolsillo una foto de la niña y se la tira frente a él.
_ Su nieta podría ser como cualquier otra nena. Pero no lo es…¿no es cierto?
Alguien abre una puertezuela metálica, similar a la de las bancos y le alcanza un reproductor de audio. Una voz de una nena se escucha llorando y le dice, NO ABUELO NO!.
El viejo comienza a llorar. Alexander mira ensombrecido.
_ Te das cuenta que le cagaste la vida a una criatura ¿no?
La mirada de los ojos azules es persistente y condenaba al anciano. El anciano sentía el juicio de Dios al mirarlo directamente a los ojos.
Alexander se levanta y sentándose en una silla se pone unas grandes botas de goma. Sobre la mesa hay dos bornes conectados a un gran aparato. Al tirar los cables al suelo el viejo queda tiritando de miedo esperando el shock. Aterrorizado levanta los ojos y lo mira a Alexander que sonríe.
_ Olvide prenderlo.
Y bajando un interruptor el viejo comenzó a electrocutarse.

Baldwing y el rencuentro con Margot.


Cuando Baldwing volvío a ver a Margot fué en circustancias muy distintas al primer crucé. Cuando era pequeño admiraba verla escribir, por la destresa de sus manos, por la prolijidad de sus tipeos, por la inigualable seguridad de la mujer.
Margot era la secretaría de su padre. Mujer adulta, de grandes dotes intelectuales y físicos. Solía venir los días que su madre se encontraba dando clases en los colegios rurales. Durante horas su padre y ella se encerraban a pasar textos. Luego de que su padre muriera, Baldwing jamás la volvío a ver.
Cierta noche un hombrecito detuvo a Baldwing con la vieja excusa de "oiga amigo, necesita compañia?"

Baldwing subió por una pequeña escalerita de la calle corrientes y la madama le presentó a las chicas. Entró con una jovencita chaqueña rubia de ojos verdes y entró a una habitación diminuta donde en el centro habia una dura cama y olor a humedad. Terminó en un condón que desecho inmediatamente en un tacho rojo y automáticamente la chica se fue sin saludar.
Se cambio sólo en la habitación mientrás escuchaba sirenas afuera. Un perro aullaba cuando termino de abrochar su cinto y salió afuera. Al pagar le entregó el dinero a la madama. La mujer estaba protejida por un gigantesco hombre que permanecia sentado en una banqueta.
Al contar el dinero, Baldwing no pudo evitar mirarle los dedos añejos pero ágiles a la madama.
_ Margot. -la reconocío de inmdiato-

La mujer lo miró deteniendo su cuenta. El hombre del periodico bajo el diario y llevo su mano a la cintura, quizás para buscar un arma. Margot y el hombre se miraron silenciosos.

_ Soy el hijo de Alexander Ruit.

La mujer permaneció sorprendida y se escudó.

_ No señor, no conozco ninguna Margot.

Baldwing volteó y comenzó a marcharse, escuchó ruidos de cajones. El hombre del diario estaba confundido.
_ Señor, se olvida el vuelto.
dijo la madama.

Baldwing volvío y la mujer le dió una hoja plegada.

Baldwing no abrió el papel hasta llegar a su casa. En el papel estaba uno de los últimos textos de las memorias de su padre...

Baldwing y el sueño recurrente




Se despertó sobresaltado, sin embargo en la habitación el silencio era plomizo. Baldwing sin embargo sintio no estar sólo.

Lo habia soñado en numerosas ocasiones, despertaba y un hombre de unos treinta años estaba frente a él. Sentado con cara risueña y con un cable en la mano. Le sonreía. No cabía duda de que ese hombre estaba directamente relacionado con la muerte.

Era rubio de ojos claros y una sonrisa finisima. Una especie de payaso oscuro, sin maquillaje pero con una sonrisa carnivora.

_ ¿Que estamos esperando Baldwing?

Le decía.

_Yo espero dormir, no sé que espera usted.

El hombre se levantaba sonriente. Su rostro permanecia dividido por las sombras de la persiana.

_¿Qué estamos esperando para usar las balas?

Caminaba hacia un enchufe y al conectar el cable se encendía una lampara. El hombre autómaticamente se esfumaba.

Baldwing caminó hacia el grifo y se sirvió un vaso de agua. El agua golpeando contra el vidrio rompió un poco el silencio del lugar. Finalmente Baldwing percibió el diminuto chillar de un ratón sobre una viga en el techo. Pensó en las cosas que debía hacer por la mañana.

Se acostó con la sensación de que aquel hombre seguia mirandolo.

_¿Qué estamos esperando para usar las balas?
Fué lo último que escuchó antes de dormirse.

13 sept. 2009

El hobby de Baldwing


  1. Baldwing tiene una obsesión extraña. Desarma clips y tratá de armar figuras de animales. Cuando tuvo que pedir mas clips y su jefe lo regaño por realizar tan absurda tarea con elementos laborales, Baldwing simplemente salió de la oficina molesto.
Como venganza pensó en usar los clips para perforarle la cornea a su jéfe pero esto lo enviaría a la carcel, entonces aplicó pequeñas venganzas como tipear mal el número de los pagos o redactando notas y cartas con alguna pequeña variación de sentido. Hasta llegó al limite de archivar cosas del A en la B.

Sin embargo si algo transendente cambio desde ese día es que Silgfredo ya no recibe el café unicamente con endulzante sino también con abundante azúcar. Ahora que Baldwing ya no puede hacer mas animalitos de clips se entretiene calculando cuanta azúcar se necesita en un café para hacer colapsar el cuerpo de un diabético.


Baldwing Ruit y Constanza Rivero.

Baldwing estuvo casado con Constanza Rivero durante el lapso de 5 años. Al tercer año de matrimono Baldwing se preguntaba si alguna vez habia sentido amor verdadero por aquel saco de piel con olor a colonia y sabor a maquillaje. Cuando la miraba caminar, de manera torpe y desagradable, curvando sus amorfas curvas solo podía pensar en el olor a embutido.


¿Cómo habia esclavizado su vida a esa mujer? ¿O era que él la habia exclavizado a ella?

Silgfredo, era el padre de Constanza y dueño de la oficina donde Baldwing deseaba trabajar. Constansa en silencio habia comenzado a fijarse en el joven Baldwing que ha diario esperaba por una entrevista de trabajo que nunca llegaba. Poco a poco la hija comenzó a entregarsele, hasta que Baldwing le hizo el amor en los baños de la oficina de su padre. Meses después trabajaba para Silgfredo y esperaba un hijo de Constansa.


La noche de la boda el primer invitado en retirarse fue el mismo novio y la novia debió bailar el vals con su padre y amigos. Notorio fué que todos los invitados eran de Constanza, siquiera la madre de Baldwings fué al evento. Baldwings se acercó una cafeteria a jugar dominó hasta el amanecer. Cuando volvió a sus casa encontró a su mujer vestida de novia llorando en el cuarto de motel que Baldwing habia rentado para pasar esa noche. El motel olía a sexo y cigarrillo.


El maquillaje de la novia estaba corrido haciendola parecer una maniatica. Las sombras de sus ojos eran reveladores y apuntaban con odio a Baldwing.



_ Mañana me quitaré al bebé. -dijo con una franqueza de voz que pareció resonar en el cuarto-



Baldwing la miró y encendió la radio. Pasaban un tango llamado Av. de mayo. Se acercó a la ventana y miró por el vidrio las parejas que bajaban de los autos. De lejos se oian algun que otro quejido de mujer. La luz de la mañana entraba estrepitosamente por las finas cortinas y poco a poco las sombras se alargaban y comenzaban a perder su negruzco tono.


_ Me fallaste hoy, no te importó nada quedarte en la fiesta. ¿Verdad? - la mujer sonaba alterada y Baldwing la miraba inexpresivo, directamente a los ojos- ¿Sabes lo que dijo mi padre? Dijo: ¿ Que otra cosas puedes esperar? Tendrás un hijo para que ese imbecil lo crie? ¿Qué puede el enseñarle a una criatura?... Y yo me lo voy a quitar.


Baldwing encendió su cigarrillo y fumo mirandola. Las bocanadas de humo de Baldwing parecian impactar sobre el rostro de Constanza.

_ No debiste casarte de blanco. No sos virgen.


Ella lo miró sumamente adolorida y confundida.

_ Ya saque turno con un doctor. ¿Hay algo que te interese decirme?

Baldwing apago su cigarrillo en el cenicero y la miró directamente a los ojos.

_ Vas a pagar la muerte de Fernando con los mejores años de tu vida.
Y tomando sus lentes los limpió con su camisa, los apoyo en la mesa de luz y se acostó a dormir mientrás se preguntaba si todos leian la biblia de los cajone.


Baldwing recordó aquel momento mientrás aquella grasienta mujer en que se habia transformado Constanza le servia el almuerzo.
_ Antes eras una linda mujer. -le dijó un martes de enero sin motivo aparente-

A Constanza más que el mensaje le sorprendió escuchar a Baldwing hablandole tan espontaniamente. Hacia tiempo que no oía su voz.

La mujer lo miró con ojos ingestuales, simplemente lo miró.

_ Antes parecias una mujer.

Los ojos de la mujer se tornaron pesados y brumosos.

_ Creo que arruiné tu vida lo suficiente y no creo que haya mucho más que se pueda arruinar. Adiós. -dijo haciendo un parentesís claro entre la primera oración y el adios definitivo-

Puso sobre la mesa un fajo de dinero. La mujer lo miraba aún con ese rostro confuso. Hacia dos años que Constanza era rechazada sexualmente por Baldwing. Varias veces Baldwing la habia encontrado masturbandose. Pero Baldwing nunca decía nada, no reprendia, ni nada. Siquiera le hablaba si no era importante.

Finalmente la mujer tomó el dinero, se sacó el delantal y dejo caer una lágrima.

_ Perdón Baldwing por matar a tu hijo.

Baldwing jamás volvió a saber de ella. Luego de que Constanza cerrará por ultima vez la puerta, Baldwing pensó seriamente en mudarse a un monoambiente.

Baldwing guarda también el cajón donde guarda la navaja y las dos balas, el número de telefono del medico que mató a su bebé.

11 sept. 2009

Baldwing Ruit y las dos balas.

A la edad de dieciseis años el padre de Baldwing muere debido a un derrame cerebral. Dejando así a su hijo condenado a pasar la mitad de su existencia amortizando la monótona vida de su madre, una mujer grotesca y desequilibrada.

La única herencia que le quedó a Baldwing de su padre, Alexander Ruit, fué una Magnum Carry.

Diminuta y gastada fué cepultada en el cajón que Baldwing abre y cierra con llave a diario controlando que nada le falte.

La guarda celosameente junto con dos balas.
No cabe duda que una es para acabar consigo mismo.

La pregunta es ¿Para quien guarda la otra?

Baldwing y el ciego de la quiniela.

Una mañana de Septiembre Baldwing despertó. Luego de detener el timbre del despertador se rasuró con la tentación de reutilizar la navaja que habia encontrado. Se duchó y luego de salir del baño consulto la hora sobresaltado. Parecia que el tiempo se hubiese adelantado.

Rápidamente se vistió y no lavó la taza con cafe que albergaba los restos de una manzana que comenzaban a oscurecerse.
Fué en cuanto llegó al palier del edificio que descubrió que la rueda de su bicicleta estaba desinflada. Acto seguido y dejandola en el lugar emprendió presuroso su caminata.

Baldwing caminaba de manera atolondrada. Su diminuto cuerpo golpeaba entre la gente que lo miraba con disgusto. En el camino y como una extraña coincidencia del destino, todos los semaforos se pusieron en rojo para los peatones. Baldwing pensó que esas escasas cinco cuadras se habian vuelto bloques enteros de cemento. Y que algo no lo deseaba que llegase al trabajo.

Por fin a media cuadra de su trabajo no puedo evitar mirar a un ciego que se dirijia directamente a una columna en su oscura travesía. Baldwing nunca habia sido solidario, no le importaban los demás. No era desprecio pero era un hombre totalmente frio a su realidad, como un cuerpo inerte dedicado a archivar papelerio.

Pese a esto Baldwing lo salvó del golpe.

_ ¿Estamos cerca de la esquina? -preguntó el ciego-

El olor rancio del ciego le recordaba esos bodegones que frecuentaba algunas tardes para jugar ajedrez. Posiblemente lo habia visto vendiendo peinetas en algun colectivo.

_ Estamos en la esquina.
_ Tengo que doblar en la esquina Rosario de Sta. Fé. -dijo simpáticamente el hombre-

El ciego no podía haber elejido calle más tránsitada para doblar, sumandole a que Baldwing debió preguntar a una moza de un bar si efectivamente esa calle era Rosario y Sta Fé.

_ Es una quiniela.

Baldwing tomaba al apestoso hombre del brazo y lo dirijia. ¿Acaso el ciego pensaba en cambiar la suerte de su vida?
Al llegar a la quiniela lo dejó en la puerta.
_ Muchas gracias, al 205 voy a jugar. - En realidad Baldwing no recuerda si era al 205 o al 502. Pero es poco probable que ese hombre haya enderesado su suerte-

Al llegar a su oficina su jefé simplemente no lo saludo. Caminó despacio a su escritorio y se encorbó sobre su máquina de escribir. En su calva se reflejeba el minusculo ventilador de techo sin funcionar.

Baldwing se preguntó porque habia ayudado al ciego, y no puedo dejar de recordar a su tío. También era un ciego timbero y todos los días jugaba sus tres pecitos.
Recordó el informe sobre ciegos de Sabato y se pregunto si la Quiniela era alguna especie de secta para ciegos.

10 sept. 2009

Baldwing y la globalización



Baldwing esperaba sentado en la plaza que algo espectacular suceda.
Pero nada sucedió.

Las estatuas comenzaron a aumentar sus sombras acorde el sol caia sobre el horizonte. Decidió entonces comprar goma de mascar y caminar de regreso a su casa. Pero a mitad del camino algo lo detuvo. No pudo explicar que, pero decidió caminar hasta una cabina telefónica. Cojió la pesada guía y busco.
Discó un numero interminable correspondiente a Granatá, Julian Alberto.

_¿Hola?
_ Hola, ¿se encuentra Julian?
_ Si, soy yo. ¿Quién habla?
_ Te habla Baldwing, Ruit. Trabajamos juntos en la oficina mucho tiempo. Te acordas, vos me traias los informes y yo los pasaba en máquina y archivaba.
_ Si, me suena. ¿Que necesitas?.
_ Nada, queria saber que era de tu vida.
_ Trabajo.
_ ¿Seguis usando ese lapiz chiquitito que en la punta tenia una goma?
_No.

Del otro lado la línea se corto, el sonido de corte no sorprendió a Baldwing.

Una minuscula sonrisa se habia apoderado de su rostro. Era curioso como jamás habia mediado palabra con Julian A. Granatá pero alcabo de unos segundos y gracias a la globalización al menos ahora sabia que trabajaba, que ya no usaba un lápiz gracioso y que su voz no era tan aguda como la recordaba.

Baldwing y el insomnio



Tres noches sin poder dormir fueron suficientes.
Baldwing habia vaciado entera una lata de café y la música emitida por cadena nacional hacia parecer interminables las noches.
El ascensor subia y bajaba una y otra vez con ese sonido caracterizticos de los viejos edificios.
Lo que no le permitía dormir era la nueva mascota de su vecina de 5to b.

Baldwing salió al balcón. Desde allí se podía ver el campanario de la iglesia y los taxis gastando las calles.

Encencdió el último cigarro de la cajetilla Romeo y Julieta y pensaba que aquel animal parecia confundir la noche con el día. " Es un ave nocturna" habia escuchado decir a su vecina quien desoia su mascota dado que trabajaba de noche cortando entradas en una confiteria.

Baldwing volvió a su habitación. En la radio sonaba "El pastor solitario". Arranco una amarillenta hoja de su block de notas y la enrrollo.

Después de un pequeño esfuerzo cruzó medio cuerpo al balcón del lado y logró encontrarse con el ave. Metió prolijamente la hoja en la jaula del animal y antes de la última pitada encendió el papel.

Baldwing yació quieto mirando las llamas y el desesperado cantar del ave mientrás se preguntaba donde conseguiría a esas horas otra cajetilla de Romeo y Julieta.

Sobre el asfalto esa noche llovieron plumas de fenix y en adelante, Baldwing, no volvío a tener problemas de insomnio.

Baldwing y la navaja de su padre.




Baldwing no extraño ni una vez a su madre desde que murio. No habia diferencia. Tan sólo el telefono habia dejado de sonar puntualmente a las 21 hs de cada noche, mientrás Baldwing servia su plato hondo blanco lleno de sopa de aguada consistencia y fideos tirabuzones en su departamento.

Cierto domingo, dos meses después de la muerte de su madre se le dió por entrar de nuevo al roido palacete de casa familiar. Luego de revolver cajones encontró una navaja de afeitar de su padre, que seguramente habia utilizado en vida. Le dió curiosidad que nunca su madre se la hubiese mostrado.

Por la noche se afeito con la navaja.

Al acostarse soño que hacia el amor con su madre.

Se despertó inquieto a mitad de la noche hasta pensar que él sólo fue un pasivo observador desde la subjetiva de su padre. Quizás en la muerte habia logrado unir a dos seres que por mucho tiempo estuvieron alejando.

Baldwing por la mañana guardo la navaja en el cajón que asegura con llave todas las mañanas antes de ir a trabajar y partió a tipear informes que debia archivar antes del mediodia.