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La lectura de este blog debe realizarse de ABAJO HACIA ARRIBA, para poder seguir la historia, puesto que, cada nueva historia completa la anterior.

22 ago. 2012

La Muerte de Minerva


Llovía afuera. Era la tormenta menos oportuna que le tocaba a Alexander.
 Años después Baldwing no sabia porque la lluvia le recordaba a su padre, ni porque le excitaban las oficinas.

Alexander tenía los ojos mas helados que de costumbre. El miedo era una sensación repugnante. Alexander pensaba en su hijo, en el terror de no volverlo a ver. Y sentía miedo y se odiaba.
Esperaba grandes cosas de esa bola de grasa pequeña y esquiva. Temía no estar ahí para ver a su hijo crecer.
El poder de Minerva se habia extendido y resultaba inquebrantable. Y asustaba
 "El polaco mariconea" le había  escuchado decir al pendejo insolente de Minerva, lo peor es que tenía razón. Pero era el único que no demostraba temerle.

Alexander recordaba con frecuencia que debió de haberlo matado en el bar, cuando tuvo la oportunidad.   Ahora él era un insecto al lado del poder de Minerva. Se habia vuelto fuerte y Alexander era su capricho. Lo quería en sus filas, queria escuchar que le era fiel y que mataria a cualquiera por hacerlo feliz.
Ahí el error de Minerva, Alexander podia matar a cualquiera pero no podía brindarle felicidad a nadie.

Margot habia sufrido sus amenazas y se habia refugiado en Europa algunos meses. Alexander no disimulo la sorpresa por el viaje de la prostituta ¿De dónde sacaría el dinero?,

Ahora llovia como jamás pensó que podría ver llover, "genial" pensó. Justo el día que necesitaba silencio. Sin embargo la lluvia le permitió dos cosas. Entrar a la residencia de Minerva fue en extremo fácil, y sus guardias no escucharon el menor ruido pues era camuflado por la lluvia.

Antes de llegar a la habitación de su gran víctima se encomendó a Dios. Tenía miedo no cabia duda, porque él no creía en Dios.  Sentía flaquear sus piernas y pensó en su hijo. Entendió que el pequeño Baldwing habia heredado su talento y elegancia. Entendió que sería mucho mejor que él, y que su nombre sería temido, y que nadie se metería en su habitación para matarlo de noche, porque tendrían pánico.
En algún punto, deseó que su hijo fuese como su siguiente víctima. Y quizás no era miedo lo que sentía (alguien con miedo no entra a una casa a matar a cinco guardias y a su custodiado ) sino una dosis de admiración mezclada con cariño. Una forma muy particular de cariño que sólo alguien así de corrompido puede entender.

El padre de Minerva había sido un mediocre, que dedicó toda su vida al trabajo y al esfuerzo, pero nada obtuvo, decían que por ser demasiado bondadoso y leal.
Mediocremente se dejó morir en sus escritorio llenando planillas de balances y contestando llamados telefónicos y cuando las cosas se ponían feas también debía servir café.  Mediocre feliz.

Cuando nació Rodrigo, sabía que iba a heredar de él esa mediocridad, pero lo esperanzaba el título universitario, se lamentaba sin embargo de su propia vida y pensaba -pese a la ilusión-  no podía esperar tanto de su hijo.
Rodrigo creció subversivo e intolerante y hoy era dueño de gran parte de la ciudad, a costa de una gran cantidad de sangre en sus manos que no le pesaban. Su padre, sin embargo, nunca estuvo orgulloso de su hijo y de haberlo visto tampoco lo hubiese estado.

Al entrar a la habitación Minerva dormía cómodamente. A su izquierda un guardia dormido no pudo verlo. Aquello de dormir con guardia era el colmo, mucha gente queria verlo muerto.

Cosa del destino:  si el guardia hubiese estado despierto, quizás Alexander moría. Aquel ajedrez del causalidades era bastante indescifrable y siempre Ruit sonreía con estos detalles. Algo que padre e hijo tendrían en común

No era su estilo matar por la espalda, pero el guardia no le interesaba. Se acercó a él y lo degolló. El hombre lanzó un alarido, pero no alcanzó a despertar a Minerva del todo. Lentamente se incorporó y tardo en reconocer la escena. Inclusivamente sacó un arma de abajo de su almohada y la apunto al gran bulto. Alexander encendió la luz.

_ Alexander. Entrás a mi casa y ¿ matas a mis guardias? El seguro se negará a pagar por esto. ¿A cúantos has matado?
_ A todos.
_  Eran buenos chicos, no se lo tenían merecido. Debiste pedir una cita.
_ Trabajaban para tí, yo nunca lo hice. Eso los hace bajos y mediocres.
_ ¿Los mediocres merecen la muerte? ¡Que Nazi! ¿Te asusta la mediocridad? Haciendo esto no te libras de ella.
 _ Si, me asusta. Algo.
_ Dame un motivo para que no te vuele la cabeza en este momento. ¡Odio que me despierten! ¿quien va a limpiar este desastre?! Vas a morir en mis manos Alexander, como un mediocre. Un tipo como tú, esto no debió de ser así. Dame un buen motivo y te vas a tu casa.
_ Te quité el cargador mientrás dormias.
Minerva quedó atónito. Hubo un silenció de ultratumba. Corroboró lo que Alexander le dijo y no podía creerlo. Él no tenia el sueño muy pesado, de verdad era talentoso aquel hijo de puta.
_ Ese es un buen motivo.
Rodrigo baja el arma y el silencio se prolonga en la mirada perdida de Minerva.  Lo volvió a mirar y le pidió que apague la luz, por alguna manera pensó que así doleria menos.

 Alexander lo hizo y sacó su Magnum Carry que brilló por la luz que se colaba por la ventana.

_ De cualquier forma Rodrigo, debo reconocer que usted es un caballero. Y que me complace no haberlo tenido que matar por la espalda. Odio matar con armas de fuego, pero usted es un caso excepcional.
La silueta de Alexander pone una bala en el tambor. Una sola bala en un tambor de seis orificios.
La hace girar y cierra el arma.
_ Al final sí, resultaste mejor que yo Alexander, pero no libres esto a la suerte. Quizás no todo está a tu favor.

Alexander le sonríe. Minerva se habia imaginado una suerte de ruleta rusa, en el caso de no salir la bala (bastante probable) Alexander se retiraba dándole una lección. Pero no era el caso.

Alexander conocía de manera precisa el sonido la bala  alineada con el martillo.  Un sonido apenas audible, mecánico. ¿O era sólo una sensación precisa, mecánica?
 _ No lo hago.

Le disparó en el corazón, pese a la luz apagada su disparo fue preciso. En el fogonazo Alexander vió la cara de dolor de Minerva. Se sentó a su lado y lo observo largo rato. "Ojalá mi hijo sea lo que vos fuiste, pero menos enfermo" Le cerró los ojos.

El olor a lluvia afuera lo reconfortó, con siete muertos adentro la casa hedía a sangre.
Alexander se alejó caminando.

El destino, aunque hizo dormir al guardia,  se río de Alexander cuando le dió un hijo como hubiese deseado el padre de Minerva.
Aunque en lo profundo, era mucho peor que cualquiera.

14 sept. 2010

Baldwing y el correcto uso de sus cojones.

_Así que ahora tienes cojones?

Ella le preguntaba eso, con esa altivez que tal vez era su secreto.
 Quizás por lo único que podía amarla, aquella bailarina de circo habia sido su perdición.
_ Me imagino tus bolas colgantes y fofas...Y que piensas hacer con ellas...Decirle a tu jefe...me planté, no voy a ordenar sus papeles hoy?... Viejo, siempre serás una lacra. Ya te dije, si queres por $300 te entrego todo lo que puedas usar de mi cintura para abajo...

   Ella se burlaba de él, de su empleo típico,
 de su madruez rancia.  El tuvo ganas de dispararle a la cabeza
           y ver como se derramaba su sangre en la tierra.
 Lodo hecho con sangre, de que color sería?
_ Escarlata.
_¿Perdón? -dijo Baldwing-
La bailarina lo miró con aire de desafío.
_ Pensé que estabas pensando en mi ropa interior.
Baldwing se sonrojo. Lo habia hecho minutos antes de imaginarla muerta.
_ ¿Entonces que?, sólo viniste a molestar o piensas invertir de una buena vez.
_ Quizás nunca entiendas que te amo.

Un te amo de Balwing Ruit...
                                       que novelesco.
 En algunas cosas se parecía a Alexander, enamorado de una ramera.
Margot, Un poco artista, un poco puta.
Baldwing miró los pájaros volar. Respiró hondo y pensó en eso mientrás sacaba el arma
             y le volaba la cabeza.

El tutú quedó suspendido en un cuerpo reventado. El bello rostro detonó como una bomba de tiempo y se quebró en diez mil pedazos.  Baldwing entendía mejor ahora eso de lo étereo de lo bello. ¿Era lo mismo que efimero? Pero le costaba más distinguir el concepto de belleza interior.

Los perros comenzarón a ladrar cúando el silencio se hizo profundo y la altanera bailarina se transformó en un cuerpo con una ventana en la cabeza.

Baldwing Ruit es un oficinista de 67 años, experto archivero, mecánografo sin igual. Guarda en su cajón celosamente en su cajón: un pañuelo, una máquina de afeitar, un alfiler de gancho, un panfleto de circo. Durante años custodío celosamente la Magnum Carry con dos balas.  ¿Una bala es para él, para quien fué la otra?...
Definitivamente una fué para él, pero no de la forma que todos creiamos.


La tierra con sangre es de un color bordó bastante ópaco.

15 ago. 2010

El principio del fin!

Alexander jugaba con una moneda, su señora cuidaba a Baldwing que estaba sentado frente a la ventana.
_ No vas a trabajar hoy Alex? -preguntó la señora-

Alexander se la quedó mirando, se hizó un par de preguntas internas?...podría dispararle a la cabeza y ver como estallaban los pétalos púrpuras entre mechones de cabello. Sí se animaba...de seguro que se animaba. A Baldwing quizás no, era su hijo, eso era enfermo -recapituló-
_ Si...resulta que hoy es un día complicado. -reflexionó-
_ Ah.
Esa falta de chispa lo destruía, nada le costaba preguntarle  porqué, por eso iba a morir en su ignorancia con la única felicidad de haber criado un hijo. Ojala que el crío salga retorcido, para darle un par de sustos -deseó-

Alexander se levantó y sacó el arma y le apuntó a la cabeza. Quitó la traba y Baldwing comenzó a sonreir cómo siempre que veía aquella Magnun. La mujer no veía, de espaldas lavaba los platos y tarareando un tango viejo  no podía escuchar... En casa de herrero cuchillo de palo. Alexander no podía matar a su mujer. ¿Por lástima, por moral, porque le resultaría díficil limpiar los azulejos? Quien sabe.
_ Adiós.
_ ¿A dónde vas Alex?
_ A eliminar la competencia.

Rodrigo Minerva habia crecido demasiado y se habia vuelto inestable y peligroso. Alguién debía terminar con él. Un trabajo de beneficiencia, como Alexander lo entendía.

14 ago. 2010

Cuando el destino llama

              Así era la fortuna de Baldwing, desaparecer y cobrar fuerzas era parte de su naturaleza híbrida entre aquel inútil oficinista y la sombra de la leyenda de Alexander Ruit. Y los vómitos que regurjitaban en su estómago cada noche cuando se planteaba  si el latigazo del demonio debía ser erguido con su alma. Y en su sien el arma dibujaba circulos con un pimentón aroma a polvora.
   Y la bala, no una.
                        Eran dos. Un par de piecas de plomo esperando el esponjoso relleno de un cráneo.

   Si tan sólo las balas pudiesen matar fantasmas.  Alexander conocoría la derrota del plomo. Los asesinos de antaño dirían que el plomo temía de él. Cómo si lo divino y lo mortal pudiese fusionarce en un cádaver. La gloria de los inmortales, lo intocable del éxito.
   Es que Baldwing sólo guardaba la bala como un mensaje enviado en el tiempo. Y entonces se preguntó a si mismo si acaso no serian dos balas para no matarse asi mismo en el primer juego.
Afuera el frio podía partirte como un rayo, unas campanadas hacían vibrar la inmovilidad de aquel piso en Buenos Aires y Baldwing seguían sin pegar un ojo. Entonces sonó el teléfono y a Baldwing no le sorprendió. Y una voz se escuchaba hablando intelegible debido a la interferencia  y de repente un canto limpio con la dirección de un bar, una fecha, una hora. 14 de Septiembre . 19.30 hs.

      Baldwing cargó el arma y la guardo en una funda. Cerró enfermamente su cajón y sonrío al telefono. "Aveces cuando el destino se nos demora, es prudente tirarle las orejas"...

22 may. 2010

Alexander y su naturaleza.

Sobre la mesa, el vapor del café, tiritaba en su fallido intento de empañar los vidrios de la habitación. La garganta helada de Margot dejó pasar un trago. Después del café y su cigarrillo matutino debia cepillar largamente los dientes para desmancharlos. Alexander miraba por la ventana, una luz azul matizaba el vasto paisaje. Lejos de la ciudad parecian alejarse de la realidad.
_ ¿Cómo se siento eso?  -preguntó Margot mientrás se desperezaba, sus pies trataban de alcanzar el techo y en Ruit esto le despertaba una larga sonrisa.
_¿ah?
_ Vos sabes, acá... -comenzó a caminar sensualmente y lo atrapó entre sus brazos- Nos podemos alejar y ser distintos. Sentirnos quienes de verdad queremos ser, evadir la mentira que nos atá.
Se apartó unos pasos y acarició la madera de la pared.
_ ¿Qué serías si pudiese volver a empezar? Otra oportunidad -susurró-
Los azules ojos de Ruit aparecieron vacios.
_ Yo sería un hada... una mujer que se dedique a salvar a otras y bailaria por cada rincón del mundo iluminando vacíos.  Derrocharia sonrisas. No apestaria a sucia comadreja ni me revolcaria con nadie por billetes. ¿Que serias vos?
Una mosca rompió la conexión momentaneamente, Alexander levantaba en ese momento su copa de café y Margot terminó de servirle agua.  Afuera un viento gélido parecia ser bostezado desde el arroyo. La mosca zumbaba inoportunando el silencio.
_ Te hice una pregunta.
Alexander bebió su café y acto seguido el agua. Margot observaba la situación algo molesta. Apenás termino, Ruit miró a la mujer y sonrió.
_ Aunque nos apartemos  y huyamos de nuestra realidad...
Encerró la mosca en su vaso, la cual comenzó a golpearse contra el cristal intentado huir.
_ Hay cosas que son imutables...
Y tomando el cigarrillo de Margot lo metió dentro del vaso y se entretuvo mirando como el insecto se sofocaba y caia con sus patas para arriba haciendole cosquillas a la barriga de la muerte.

7 mar. 2010

Baldwing y la bailarina.

 Ah? Si... lo he visto.

Baldwing permanecia de pié con un ramo de florcitas tristes en la mano izquierda.  La bailarina de aquel circo fumaba lentamente apoyada comodamente en un poste. La arboleda y los barrancos por detrás desentonaban con la postal, como toda una gangrena petulante.
Baldwing se sentia una especie de imbecil parado frente a aquella mujer, diciendole cosas que ella no deseaba escuchar, como un descontento con su figura ensaya frente a un espejo.

_ Agradezco su gentileza, señor...?
_ Baldwing
_ Blading?
_ Bald-wing.

Si algo digustaba a Baldwing era la gente que no podia repetir su nombre.  La bailarina le recordaba a Margot en sus bueños años, la comparación era en cuestión repulsiva, pero ambas gustaban del barato perfume.

_  Creo que la cortesia, -dijo exalando humo- es un hábito moderno basado en un instinto primitivo para cortejar a la hembra. Y siguiendo ciertos hábitos modernos. ¿Porque creeria, señor Baldwing, que yo aceptaria el cortejo de un macho viejo y poco imponente? Señor Blauving, guarde las flores para su muerte, que parece darle vueltas a ud. como una mosca.

Baldwing permaneció en silencio. Una extraña rabia y excitación profunda lo sacudieron violentamente. Sin embargo solamente sus ojos se iluminaron, como si dentro de un cuerpo oscuro e inerte una llama súbitamente inciárá su combustión.

_ De cualquier manera, no creo, que alguno de sus amantes se parezca a mi. - habló Baldwing, su voz parecia salir de su pecho y no de su boca-
_ Gracias al cielo.
_  Lo cual la pone en evidencia...
Los ojos de la bailarina subitamente se llenaron de atención y dejo de fumar unos instantes, aunque quizás fue una sensación, un gesto nimio, y jamás sucedió.
_ Ninguno de los hombres que entren a su vida serán ni la mitad de interesantes de lo que yo soy.
 Los pétalos  se mecen impacientes cuando el ramo pasa de la añejada mano de Ruit a la de la joven promesa de arrabal.
_Usted murió hace mucho señorita.

Y caminando entre las casitas coloridas y atrapadas en el tiempo, no tardó en perderce. El cigarrillo de la bailarina vió la muerte bajo su pequeño zapato de baile.

Baldwing  recordaria el episodio mientrás  ordenaba alfabeticamente los expedientes. Las trampas del tiempo a algunos los exprimian,  a otros los congeleban.  Baldwing miró su oficina, se sentía a gusto en su cajón, -pensó-
                      como todos los muertos-.

La bailarina volvió a mirar el circo y se dijo, " algunos mas grandes, algunos mas chicos. Este es el cielo de estrellas  estrelladas."

10 feb. 2010

Alexander y la cobardia.

Como un obra de arte se sostenía flotando.
 Alexander fumaba un cigarrillo desolado, con sus ojos como dos profundas cavernas sin retorno no veian más el exterior. Dicen que los ojos son el espejo del alma, bien parecia que Alexander habia perdido la suya o la habia dejado libre hacia tiempo.

Reposaba en posición fetal y se veia viva y radiante, cómo una sirena, como un feto moviendose en su líquido amniótico. Reposaba feliz. Acariciaba su mejilla y bailaba entre los poros una pequeña lágrima que por la mejilla se quebraba en mil pedazos sobre el suelo al caer.
 Nuevamente el vacilante cadaver flotaba ahí mismo, ascendiendo y descendiendo en el agua. En silencio.

Cuando la puerta se abrió y sus relajadas piernas caminaron cómo en  una coreografía  de tap, la mudez sepulcral parecio ser rota banalmente.

_ ¿Que sucede Alexander? -preguntó Rodrigo Minerva con su joven sonrisa-

Los azules ojos de Ruit penetraron los de Minerva, represores, y prontamente volvieron al suelo como un hijo que al ser insolente con su padre pretende enfrentarlo y luego se averguenza.

Rodrigo miró el panórama. Las gotas del grifo golpeaban una y otra vez en la blanca piel desnuda de la joven.
_ Eres increible Alex.... sabía que me la ibas a traer.

Súbitamente el grifo dejó de perder agua y un silencio absoluto invadió aquella claridad de fluorecente. 

_ Existe un mal -dijo mirando a Alexander directamente a los ojos- que ¡maldición!  no podría acordarme el nombre. .. uno de esos males "Psicologicos" -dijo imitando las comillas con las manos- en que el asesino se enamora de sus víctimas...¿te pasa eso Alex?

Ruit no soportaba que el mocoso lo llamase Alex, pero era tarde Minerva dominaba la ciudad y queria a Alexander de su lado. Era mejor tenerlo de amigo que como enemigo, así que decidió cumplirle ese favor y matar a aquella desconocida.
_ Me pasa algo así.  Desconozco quien era ella y yo no juego así Rodrigo
_ Lo sé, lo sé -interrumpió-
 _  Encuentro  entonces la forma de que la muerte tenga cierta belleza, cómo pintar un cuadro con los cuerpos.
Rodrigo miraba impaciente a un Alexander de ojos perdidos y humanos.
_  Una fotografía, una pintura, un libro. Son inmortales. Ellos de alguna forma también lo son.

Minerva acercó sus pesados pies a la bañera. Veia a la mujer flotando. Le tomó el cabello y sus hebras se le enroscaban en los dedos. 
_Demasiado arte Ruit, en algo que ciertamente se va a podrir.

Al desefundar el arma la pared se fué manchando de ese espeso líquido escarlata, que como un arácnido, intentaba trepar por los azulejos.

_ Eso también es arte Ruit.
Alexander lo mirá con aquella furia indetenible pero estática que lo caracteriza. Rodrigo le sonrié.
_  ¿Qué pasa?¿Acaso no te gusta el expresionismo?

Esa vez Alexander se sintió un cobarde por no hacer justicia.

6 feb. 2010

Baldwing y el cortejo

Sencillo empezó aquello de verla de nuevo.
Función de la obra 15.30, repeticiones 20.30. Función especial 00.00 hs. Era sencillisimo de calcular, entre las tres funciones los artistas recaudaban entre cincuenta y cien personas, dependiendo el día, el valor del dolar, el clima y los descuentos en el cine habia menor o mayor audiencia.
El plan, y si lo seguia al pié de la letra, concretaria con que ella se fijase en él. Acudiría al lugar media hora antes del espéctaculo. Entraría primero  y se sentaria en segunda fila justo en el asiento que dá al medio. Durante todos los shows anteriores leerìa el diario, alguna revista o ese libro de de Kypling que tanto le gustaba, ignorando agresivamente a los artistas.
Pero llegado el show de ella la cotemplaria absorto como un genio relee su obra maestra. Conociendose cada rugocidad de la página, cada salpicon de tinta, cada parentesis y punto seguido.  Saborearia la elongación de los músculos en su elástico cuerpo,  sus brillantes rodillas como soles flexionandoce en busca el suelo, sus pechos diminutos de pezones erectos tratando de librarse de aquel vestido, y sus costillas que en cada respiración subían y bajaban en perfecta fase con cada díastole y sístole cardiaca.

Margot chistó los dedos frente a un Baldwing distinto al que podriamos reconocer, vestía de manera más casual y parecia un poco más libre.
_ ¿Y crees que eso de irla a ver cada día podría funcionar?  -preguntó Margot  que  hedia a cigarro-
_ Usted que cree.
_ Va a pensar que sos un psicópata.

Baldwing jugaba con el café, lo removia y miraba sus ojos en el reflejo. Terminada la frase de Margot levantó los ojos.
_ ¿Y es que acaso no lo soy, Margot?
_ Todos en este mundo lo son. -Contestó la protistuta apagando su segundo cigarrillo. Al ponerse de pié sus varices en aquel vestido acortado se dejaban ver en las carnes flacidas. Baldwing pensó en la belleza de la mujer  como una manzana roja y espléndida que se deja al aire libre y se fotografía hasta la putrefacción gris y enflaquecida cargada de gusanos-

_ Aveces pienso Baldwing, que tu padre era el único cuerdo en un mundo de locos.

El bar se habia silenciado unos segundos antes, todos los presentes miraban a la excéntrica mujer de espeso perfume y corset a lentejuelas.
_ Ojala podamos lograr contigo algo de lo que el fué.

Baldwing pago y se fué molesto. No podía confiar en la puta para contarle sus íntimidades. Para ella el mundo seguía girando entorno a Alexander.  Eran las 14.50, debia correr al teatrillo.

17 dic. 2009

Baldwing Ruit y los errores consecuentes del stress.

La corbata se sacudia frente a Baldwing. Esos obscenos lunares rojos no eran decorativos, eran horribles. El hombre se paraba frente a él y levantaba una ceja, con una sofocante cara de estúpido.Baldwing recordo los pepinos largos y desabridos que vendian en las huertas aledañas a la ciudad.

 De seguro que la corbata (que tenia esos lunares horribles) le cortaba la irrigación sanguínea. Baldwing permanecia sentado con los ojos mirando un punto fijo. A la izquierda, casi de frente al archivero, un dispenser de agua  producia un sonido acuático de vez en vez cuando una burbuja llegaba a la superficie.
_ ¿Ha entendido señor Ruit?
Baldwing asintió. Era el quinto jefé que tenia  en dos meses, desde que la compañia cambiaba frecuentemente de dueño.
_ Sigo sin entender -agregó- el porque de las quejas.
Baldwing habia vivido esas charlas infinidad de veces. Sus compañeros lo detestaban y desfrenestraban y siempre lo sometian a largas charlas los nuevos jefés. Baldwing recordó en ese moemento que la única vez que se sentó junto a sus compañeros en el comedor, todos callaron y comieron callados. Descubrió ahí que las arvejas masticadas a velocidad normal emiten un sonido pastoso y monótono.

_ Usted los incómoda.  Verá Ruit, soy un hombre fuerte, así me considero. Y usted en quince mínutos me ha provocado jaqueca.
_ No he dicho demasiado como para turbarle los nervios.
El hombre masticó largamente su chicle oprimiendo sus nervios. Baldwing pensó que al no llegarle sangre al cerebro  era normal sufrir migraña.
Afuera se oían risitas en los pasillos, charlas inentendibles y largos tipeos de máquinas de escribir. De vez en cuando también rompia el silencio el timbre de un teléfono.
_ Bueno Sr. Baldwing, digame, ¿Que cree de todo esto?
_  No me trasmita sus responsabilidades, de lo contrario usted deberá ponerse a archivar y yo a gritarle a la gente. Y no me gusta gritar.

El nuevo jefe lo miró con violencia, aquel patanatas le estaba tomando el pelo. Por antiguedad nadie se atravia a despedir a Baldwing, aunque nadie lo soportace, es que su mirada, su andar, su silencios, inclusive su voz incomodaban a todos. Al moverse Baldwing parecia arrastrar con él una manta oscura de sombras.  Quizás era tiempo de que alguién le pusiera los piés en la tierra.
Tick-tack,  el reloj delataba un silencio grumoso. La mirada agresiva del jefe seguia posada en Baldwing, mientrás este miraba el dispenser. Finalmente Baldwing lo miró directamente a los ojos.
_ Es usted un imbecil inservible, Ruit, y yo mismo me encargaré de que a su primer error sea despedido.

Baldwing sabia que nunca cometia errores. En su trabajo era perfecto.
Sin embargo cometió un error: olvidó su cigarrillo sobre los archivos de la empresa.
Luego del incendio, todo el mundo habló de una fuga de gas y Baldwing pudo conservar el empleo. Sin embargo, mientrás todavia humeaban las instalaciones del edificio Baldwing no podia dejar de sonreir. La corbata se habia quemado y algunos retazos coloreaban los escombros.

11 dic. 2009

Alexander y el oído músical.

Crack....Crack....Crack.... Era una mala pregunta para hacerle a un marido infiel. No, no por su condición de infiel.

Crack.....Crack....Crack.... Y un silencio avenia a la situación real. Un silencio de ultratumba. En la otra esquina de la habitación Margot sonreía ante la pregunta de la ingenua esposa.

_¿Cómo crees que suenan los huesos a partirce?
Alexander la miró con la cara que pondría un cirujano si alguién le preguntase ¿De que lado está el corazón?

_ Los huesos al partirce suenan crack, crack, crack. -dijo jugando con sus dedos sobre un cuello imagínario-
_ ¿Cómo el crinch de un cristal cuando se rompe?
_ No, sólo Crack. Y luego de cierto tiempo y dependiendo donde presiones, también puedes pararle el corazón a alguien.

Alexander sonrió ante la ingeniudad de la esposa.

7 dic. 2009

Baldwing y las decisiones díficiles.


Baldwing volvia a su hogar, su ropa pesaba demasiado y es que la lluvia lo habia golpeado salvajemente. Al dejar su paraguas la desolación de su claustro fué absoluta. Habia unos temitas que empezaban a darle golpecitos finos en la sien. ¿Acaso llegó la hora de sacarlos de ahi?.
Baldwing discutia esto con su cigarro y Buenos Aires tan hostill le doblegaba su repudio encandilandolo con las luces.

Es que Baldwing no sólo es un cínico, es un genio en proceso.

Salió apabullado de su propio hedor a soledad. Un viejo punto turístico de la ciudad fué el celoso guardían de su hundimiento espiritual en ese fango espeso de la demencia.
 Las luces bailaban entre la lluvia, esquivando las gotas y dispuestos a no mojarse los hazes muchas veces morian refraccionandoce.
Se sentó frente al teatrillo callejero y esperó la salida de los artístas.  Una señorita vestida de bailarina se le acercó con ojos pardos y serenos, quizás los más serenos que Baldwing vió alguna vez. Una cortina tenue de olor a marihuana provenia de algún sitio.  Las carcajadas psicodelícas invaideron a Baldwing de un horror de pesadilla de niños.

_ Señor, hoy no hay función.

Baldwing la miró a los ojos y saludando cortesmente salió a encontrarse con la lluvia, convencido de que el teatrillo le habia dado la mejor función de todas. Ahora tenía algo que no podía guardar en su caja. Una mirada, ruido de carcajadas y un espeso olor a marihuana sobre los adoquines de Buenos Aires.  Y sin embargo se sentía feliz, como nunca.


27 nov. 2009

Alexander y la crianza de un niño.

Cuando la señora preguntó sobre el niño y comento lo adorable que eran esos cachetotes, jamás imaginó la perversidad con la que aquel infante se desarrollaria. Aquel dos de enero,  para ser francos no tuvo nada de particular. Tan monotono era el día que siquiera era recordable por el clima.

Alexander miraba a su mujer pero no dejaba de pensar en aquella bella protistuta con la que habia empezado a frecuentarse. Aveces cuando se sentaba a conversar con su mujer le resultaba tan poco fructifero todo,  que las charlas ya se habian desechado en la relación. Aquella mujer era una santa, pero Alexander padecia eso,  no lo disfrutaba.

El pequeño Baldwing caminaba ya a paso seguro y no se caía. Finalmente se paró frente a un perro callejero que no dudo en enseñarle los dientes, al pequeño, que se acercaba con fatales intenciones tal como tirarle del rabo.
Baldwing esbozó su primer sonrisa perversa, los dientes finos y largos del animal y su presencia de ira le causaban una extraña símpatia. El perro huyó aterrorizado por aquellos pequeños ojos tan palpitantes de maldad que lo miraron una y otra vez chispiando un secreto amor hacia la sangre.
Cuando Alexander se distrajo, Baldwing estaba haciendo algo de lo que más disfrutaba, corriendo contra grandes hormigueros  y sin dudarlo un segundo los pateaba. Las hormigas brotaban furiosas de su huecod, tratando de defender su hogar. Escalaban rápidamente las piernas del visitante y hundian sus mandivulas para inyectarle a aquellas rosadas piernecitas el suficiente ácido fórmico como para chistar un rato.
Baldwing no se conformaba y continuaba pateando monticulos de tierra impregnado de colonias de hormigas. Alexander pronto notó a su hijo saltando endemoniado, las hormigas le daban batalla.
Caminó lentamente hacia el termo de leche que siempre llevaban para el biberon y alzando a su hijo en brazos lo miró fijamente.
_ Son malas eh.
_ SI! -gritó torpentemente Baldwing-
_ Aveces, cuando el enemigo es superior y más poderoso, debes tan sólo usar tu cabeza.

Baldwing miraba los ojos inmensos de su padre sin comprender del todo la lengua adulta. Alexander le sonrió, algunas hormigas ya habian comenzado a tomar los zapatos del hombre, y tomando el termo arrojó toda la leche hirviendo a la tierra que pronto tomó un color marrón claro mienrás mezclandose con el vapor brotaba del suelo un calor que ahogaba en una ardiente lluvia láctica a los insectos que se retorcian al tiempo que sus cuerpos comenzaban a flotar.
Alexander y Baldwing contemplaron abrazados el espectaculo mientrás el sol caia  y las hormigas en sus lenguas primitivas clamaban piedad asfixiandose en la nata.


Dos días después Baldwing descubria que algo símilar pasaba con los perros si se le tiraba agua hirviendo ensima y así se dedico a experimentar con todo el ecosistema el resto de sus primeros años.

19 nov. 2009

Baldwing y el diario de su padre.

Billones de papeles se prolongaban en el sueño de Baldwing, una oficina de paredes infinitas y  él tipeando letra por letra, atrapado en su mónotono cubículo. Cuando el sueño lo vencia y su cabeza comenzaba a revotar de arriba a abajo escuchaba la voz de su jefe junto a aquel insólente de ojo de vidrio que lo observaban. Al otro lado su mujer sostenía a un bebe putrefácto. Finalmente su cajón se abría y la Magnun Carry iluminaba el inquietante silencio.
"Hazlo" "Hazlo" "Hazlo" le repetía una voz familiar. Al tomar el arma no sabia a quien disparar y finalmente al trataba de volarse la cabeza, repetía la acción de apretar el gatillo infinitamente, el arma estaba vacia. Inmediatamente quedaba en una sensaciòn de inmovilidad que lo hacia sentir incómodo. Al abrir los ojos notò que la sensaciòn se habia trasmitido al cuerpo y no podría moverse, pero ya era claro que habia dejado de soñar, en sus sueños nunca estaba el vaso de agua sobre la mesa de luz.

_ El bebè ha despertado. -la voz sonó lejana, como desde la infancia y Baldwing sintió arder su nariz frente a un perfume que le era familiar-

Por la ventana ingresaban los ruidos de la ciudad, bocinazos, gritos, y un silencioso monstruoso que asecha, porque Buenos Aires nunca duerme.
Apenás los ojos de Baldwing se acostumbraron a la oscuridad, descubrió estar atado.

_ Cuando nos cruzamos .-la voz parecia moverse- Me dije ¿En que se ha convertido este muchachín?
Un encendedor iluminó la habitación, los plieges de su rostro fueron uno a uno contorneados por la danza de aquella chispa de luz -
La mujer era mayor; reconocío un largo camino de arrugas en su rostro, un hediondo saco de piel y una sombra bastante apegada a su alma. Poco a poco Baldwing sincronizaba los pasos al moverse  del cigarro.  Finalmente reconoció un sonido,  esos tacos en una callejuela, en una habitación vacia o serenos mientrás un cuerpo se desnuda, sonaban de igual manera. Margot.
_ Uno se espera siempre mucho más de sus hijos. Tú eres una sombra de lo que fué tu padre.

Un frío se posó en la sien de Baldwing. Olío rápidamente el métalico aroma mezclado con tintes de polvora provenientes del percusor. Y unos crístalinos ojos lo juzgaron desde el más allá.
_¿Porque sonríes? -pregunto Margot-
_ Me encantaría ver las astillas de mi craneo lloviendo sobre Buenos Aires...


Margot tiró su cigarrillo sobre las sábanas, pero para la lamentación de Baldwing éste se apago.
Finalmente oyó la puerta del fondo cerrarse, ya estaba sólo. Trató de desatarce pero le fué imposible y se durmió.

Al despertarse no habia ni una sóla cuerda, ni su cajón estaba desordenado. Sobre su mesa de luz el diario de Alexander Ruit era lo único que Baldwing pudó hayar que le diese un índicio sobre que realmente sucedió durante la noche.
Cuando terminó de leer las primeras tres hojas del diario, Baldwing, no pudo evitar preguntarse porque su madre se habia casado con el mayor cretino de la ciudad, mientrás Margot al otro extremo de la ciudad,  se afirmaba vehementemente que Baldwing era un desquiciado, de seguro.

Aquella mañana y pese a que su padre era un cretino decidió volver a rasurace con aquella navaja que tanto custodiaba en su cajón, la navaja de su padre.

26 oct. 2009

El día que Alexander conoció a Margot.

Viento M: Aquí cumplo con lo prometido. Un saludo caluroso.
Esta historia viene a completar la historia escrita por Margot: http://soloundeliriodelaluna.blogspot.com/2009/10/la-noche-en-que-marguerite-conocio.html

Saludos
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Habia una sóla persona a la que Alexander deberia de temer.

Regresaba de su primer viaje al exterior, habia cumplido un trabajo en otro país y eso lo emocionaba. Al llegar a su casa lo sobresaltó encontrarse con una nota que lo citaba en un restaurante a las afueras de la ciudad, "Le chambre" era el nombre del sitio en las instalaciones de un chalet residencial.
"2.30 a.m nos encontramos en "Le Chambre",
"Rodrigo Minerva."

Leía la nota en colectivo, afuera la ciudad dormía silenciosa y el colectivo perforaba el vacío como una aguja que traspasa la piel. El sólo saber que aquel hombre lo habia citado de cierta forma lo incómodaba.

Apenas entró al palier del local pudo divisar de manera casi inmediata una mujer subiendo al ascensor, le llamo la atención el horario tardío de ella pero más aún el presuroso instinto se quedó embobado con sus curvas. Alexander subió por las escaleras y llegó al quinto piso.
El local estaba oscuro dando la primera impresión de estar cerrado... Alexander tomó el redondo picaporte y lo giró. La ceradura cedió y la puerta abrió con un sonoro crujir que le revolvió el estómago a Alexander.

En el fondo del restaurante, una silueta se dibujaba en una mesa. Alexander reconoció de inmediato al joven, no cabia duda, Rodrigo Minerva estaba esperandolo. Camino hasta la mesa.
Minerva lo inquietaba como si fuese un alumno rebelde frente a su director.
Se sentó frente a Rodrigo, quien miraba la imponente vista de la ciudad desde la ventana. Alexander miró por la ventana y irrumpió el silencio.
_ Bueno, aquí estoy.

Los ojos de Rodrigo se posarón sobre los azules de Alexander. Rodrigo tenía los ojos castaños oscuros, cabello ondulado. Aunque no era un hombre que sobresaliese físicamente era dueño de una presencia titánica. Las transparentes pupilas de Alexander se adaptaron rápidamente a la oscuridad y pudo verle una sonrisa mácabra a Minerva.
_ ¿ Has comido langosta alguna vez?-preguntó Rodrigo-
_ No.
La aspera respuesta de Alexander delataba su miedo. Queria minimizar el tiempo que pasarìa en esa habitación.
_ Sérvite.
Alexander bajó la vista y se encontró con una copa de vino, langosta y todo delicadamente preparado para una cena. Alexander no estaba cómodo por una sencilla razón, si él era considerado una asesino, Rodrigo Minerva era un genocida.
Tomó una copa de vino y se dispuso a conversar, sin embargo algo le llamo la atención en su copa de vino. Pudo distinguir en el reflejo de su copa algo extraño a su espaldas. Antes que Rodrigo se preparace para hablar Alexander se llevó un dedo a la sien. Minerva quedó confundido ante la seña.
_ Aquí dá... -le encantaba las pausas que sometían al misterio- el primer disparo si no le dices a tu gorila que nos deje solos.

Rodrigo lo miró irritado, Alexander trató de enmarcar su sonrisa clásica pero apenas pudo hacer una burda mueca. Pronto el guardia de Rodrigo estaba afuera.
_ Envié otro para que te acompañará, tenía miedo que te siguieran o hagas alguna estúpides
_ Noté que me seguían.
Rodrigo levantó el cejo. Alexander comió su primer bocado de langosta.
_ No me gusta que me sigan.

.....

El colectivo abre su puerta y Alexander baja a quince cuadras del lugar. Un taxi se detiene a treinta metros en la vereda de enfrente. Alexander comienza a caminar, pero siente algo en el cuello, como un collar pesado. Alguién lo está observando, lo notá al instante, el espia era torpe en sus pasos como un cachorro que se dispone a seguir a su madre y tropieza una y ootra vez.

Cuando el guardia dobló en la esquina; descubre una calle desolada. "Que escurridizo ese hombre,"pensó al tiempo que Alexander le ponía el arma en la cabeza por la espalda.

El disparo resonò en la atmósfera turbia de Buenos Aires.
...

_ ¿Que le hiciste?
_ Un disparo.
Rodrigo paró de comer. Alexander sostenìa su dedo ìndice frente a los ojos directos de Rodrigo.
_ En la pierna. -agrego-
Alexander se preguntaba porque el mejor asesino de Argentina tenía guardaespaldas. Rodrigo, a diferencia de Alexander, se encargaba de asesinatos políticos, por un precio descomunal y llegando a matar grupos de personas enteros. Todo eso sumando que no excedia los 25 años era un ser terriblemente frío.
_ Vamos a lo nuestro Ruit.  ¿Sabes que nos diferencia?
_ No.
Por fin habia comenzado la charla. Desde que habia entrado al lugar se preguntaba que hacia con ese tipo frente a él.
_ Disfrutas tu trabajo. Para mí es un trabajo y nada más. No me pongo idealista.
Un ruido sobresalto a Alexander venía de algun sitio pero no lograba distinguir. Rodrigo se levantó y prendió una luz.Al fondo en una silla un hombre atado y amordazado trataba de librarse vanamente de las cuerdas.
Rodrigo caminó frente a un maletín, lo tomó y lo abrió frente a Ruit, este quedo boquiabierto frente a la cantidad de dinero.
_ Y hay más. Un disparo ¡BANG! y todo esto se te acredita.

Alexander pensó un momento
_ ¿Por qué no lo haces vos?
_ Te estoy probando.
_No lo voy a matar en un chalet lleno de gente.
_ No te vas a ensuciar, ni un problema.
Un crucé de miradas certificaba la confianza. Rodrigo tampoco iba a arriesgarce, era todo menos estúpido.
_ ¿Que fué lo que hizo?
_ No es tu problema.
_ Si voy a matar un hombre quiero saber si lo merece.
_ ¿Y eso està a tu juicio, Ruit?
_ Un poco si. ¿Por què?
Por un momento se sorprendio de si mismo, estaba respondiendole a Rodrigo Minerva como un igual.
_ No te importa.

Alexander estaba incómodo, deseaba con todo el alma salirce de ahí, estar tranquilo en su casa descansando. Una horda de calor empañaba la ventana y las luces tìtilantes dibujaban la ciudad. Bebio un trago de vino que asperamente le curo el dolor que provoca el silencio. Finalmente se atrevio y lo dijo.
_ Entonces paso.

Rodrigo sonrió, caminó hacia el hombre y le disparó un tiro en el pecho. El hombre apenás si tuvo tiempo de quejarse. Alexander prendió un cigarrillo pero Rodrigo le hizo señas que no se podía fumar, mientrás el hombre gemía con los instantes que le quedaban de vida.

Rodrigo se peinó y se sentó frente a Alexander.

_ Me pagaron para que te mate Alexander.
Rodrigo pusó el arma en la frente de Alexander y este conocio el miedo como un cosquilleo desde el dedo anular de su pie (sobre el cual tenia una especial sensibilidad) hasta el centro de su médula subiendole por la espalda.
_ La diferencia entre nosotros es que mi trabajo es matar. Y lo hago.

Alexander apago el cigarrillo, le temblaba la mano pero no el rostro. Aquello le recordo a la primera vez que mató un hombre.

_ No vas a matarme. -atinó a decir aprovechando el sonido de un aviòn que hacia vibrar la mesa-
Encontences comenzó a darle golpecitos con la frente al arma. La acción de Alexander hizo que Minerva quedace tiezo ¿Cuán demente estaba este sujeto?

_ El trabajo que has echo en México es genial. -dijo bajando el arma- todo el mundo está convencido y las pistas índican que fué un suicidio. Felicitaciones.

El rostro de Rodrigo perturbaba a Alexander. Parecia saber la verdad siempre, indagando con sus ojos al fin de descubrir las mentiras.
_ Fue un suicidio ¿verdad?. No lo mataste.
_ No, no lo hise.
_ Lo induciste al suicidio.
_ Murió. ¿No era lo que importaba?
_ A mi no me importa cómo, pero tienes una magía y la usas sólo cuando quieres. La gente que me pidio que ... - movió el dedo como tratando de ilustrar- me encargara de ti aceptaron que no lo haga contigo, pero pidieron tu familia.
Alexander lo miró con una intensidad que a Rodrigo logró perturbar.
_ Me he enterado que has sido padre, ¡felicitaciones!. creo que te doleria ver a tu bebe muerto.

Los ojos de Alexander brillaron como cuando la muerte de alguién estaba en puerta. Una sonrisa le iluminó el rostro como si todo de lo que estaba hecho se le subiese a la cabeza, dejó de jugar con la servilleta y mirò directamente a los ojos de Rodrigo que permanecian con su mueca de amenaza macabra. Tan sólo tardaron tres minutos los ojos de Rodrigo en mutar temerosos de Alexander.
El rostro de Rodrigo empalideció.
_ ¿Cuantos años tienes? -dijo tranquilamente Alexander-
__ 27
Alexander hubiese dicho que no superaba los 25, pero aquello no era importante.
__ Rodrigo, voy a perdonarte la vida por la insolencia que acabás de decir.
Rodrigo permaneció estático, los ojos de Alexander lo habian puesto realmente nervioso. En otras ocasiones hubiese llamado a uno de sus matones, pero ahora estaba solo, aunque él tenía el arma en la mano.

_ Pero te recomiendo -prosiguió Alexander- que vayas elijiendo el color de tu silla de ruedas.

Alexander le pidió el arma a Rodrigo. Este le apunto directamente a la frente.
_ Puedo matarte ya, si lo deseo.
_ Podrías, pero mi cabeza vale mucho y ya rechazaste el trabajo. Por el contrario nadie ofrece nada para matarte a tí. Podría hacerlo gratis.

Esa noche Rodrigo pagó la cena. Alexander se marchó y de detuvo a esperar el ascensor. Ya no estaba nervioso, sabia que Rodrigo queria cuidar sus piernas.

Cuando se abrio la puerta del ascensor Alexander miró fijamente a la mujer con la que se habia cruzado al llegar. Era prostituta, lo notò por el perfume que usaba y el olor a enjuage bucal. Sin embargo tenía en su rostro una tristeza mística y no dudó un segundo en ofrecerse para darle las caricias que tantos hombres le habian negado.

Ella aceptó y la noche terminaria bien.

22 oct. 2009

Baldwing y la buena educación



Desde chico Baldwing maldecia no haber podido estudiar. Era autodidácta, pasaba horas aprendiendo cosas y volviendose diestro en varias disiplinas. Amaba los volumenes de libros y por eso habia pasado décadas armando su biblioteca.

Por otro lado y pese a haber podido evitar el secundario, ser golpeado era un hobby que entetenia mucho a los cercanos de Baldwing. Los años habian pasado y la edad alejó al fracasado hombre de la rudeza física hundiendo su cabeza en un vomitivo fango de hipocrecia donde una mirada vale más que un golpe.
Aquel día, Baldwing volvía del trabajo orgulloso, habia pisado una cucaracha y se habia permitido disfrutar de ese crujir que tanto lo deleitaba frente a la atemorizada mujer de la limpieza quien desde hacia dias se quejaba de encontrar caquita de algo, que no terminaba de discernir. El problema de las ratas, cucarachas y cualquier parásito del humano, ama deborarse todo, sus comidas, sus papeles, sus libros. Por lo cual su muerte no era algo imperdonable.
Caminaba por el puente, un lugar sumamente poético de noche cómo delirio de Poe y Chopin una noche de opio.
Por allí hordas de coches desfilaban durante la abrazadora mañana, pero a la noche la soledad embutia cualquier sonido. Las bolsas de nylon danzaban con el viento como fantasmas y los pasos de Baldwing contrarestaban el arrollo surcandole los pies.
De repente una piedra cayó frente a Baldwing, después otra y otra más. Una precipitada lluvia de cascotes y piedras sacudió la inerte posición del oficinista.
Cuando quisó correr tres adolecentes, de entre 12 y 16 años lo habian rodeado. Baldwing se sintió como un lobo atrapado entre cazadores, hizo una mueca de rabia pero retrocedio.
Esa noche recibió una terrible golpiza y sólo lograron robarle 200 australes y un reloj de mano.

Al llegar a su departamento se curó las heridas, se baño y cambió de ropa. Pocos minutos después alguien llama a la puerta. El llamado insiste al punto que perturba. Si esa noche hubiese llovido, de verdad Baldwing habría conocido el miedo, de todas maneras no llovío.
_ ¿Quién es?
_ Viejo hijo de puta, abrí la puerta.
Baldwing sabia todo lo que iba a suceder, aquellos jovenes ferborosos de su brutalidad destrozarían todo pero quería estar ahi para verlo. Giró dos veces la llave antes que los tres jóvenes irrumpieran la soledad del ámbiente. Comenzaron pateando estantes, mesas y todo aquello que pudiese provocar el pánico. Sin embargo Baldwing miró por la ventana y luego de ser golpeado por uno de los jovenes, se levanto y sin dirijir la palabra se dirijió al baño.
_ ¿A donde vas cagón? -le grito un joven que corrió tras de él.

Lo atarón en el baño y se dispusierón a saquearlo. Baldwing sintió una repentina pena por ellos, eran jovenes y sus vidas corrían sin rumbo. Sabía que el podría ser un gran maestro y nuevamente su vida cobró momentaneo sentido. Reflexionaba acerca de esto mientrás los ojos se le inyectaban de sangre debido a la paliza que recibia.

Finalmente se fueron. Afuera, Baldwing Sentia patadas y griterios, risas histericas y burlas a personas desconosidas. Escuchó una historia de una riña, protistutas y una hermana de un conocidos. El final era terrible, pero seguro era una mentira.

Los minutos se sucedieron. Tic-tac-tic-tac. Una gotera del baño perturbaba la atención de Baldwing. ¿Cúantas gotas son necesarias para ahogar a alguién? -se preguntaba entre gota y gota- Docemil seicientas quience?... depende del volumen del cuerpo. Aquellas preguntas sólo lo divertian por matemática, nunca reparaba en que sus ejemplos hubiesen dejado perplejos a un par de alumnos de algebra.

Por fin, de un momento a otro, Baldwing, escuchó lo que esperaba. Un portazo final. Gritos y golpes. Más gritos y golpes. Silencio profundo y el ciclo comenzaba de nuevo.

En veinte minuto Baldwing miraba la puerta de roble que los separaba de los jovenes, era hábil desatando nudos, seguro que por la ágilidad de sus dedos.

Antes de pensar, lo que ya habia pensado, fué a controlar que el cajón en su pieza estuviese cerrado y milagrosamente lo estaba. Esa cerradura era tan resistente como le habian dicho, aquello lo alegro y se fué a la cocina, con gritos desgarrados de fondo a hervir agua para un café.

Luego, un poco mas sereno y con café en mano, se felicitó por la genial idea de quitar todos los picaportes de las puertas de su departamento para sólo permitir que se abran con media vuelta de llave y no de otra manera. Los jovenes habian quedado atrapados en la biblioteca y sin ventanas ni algún elemento cortante y fuerte, romper esa puerta o salir de ahi no sólo no sería sencillo, sino que sería bastante imposible.
Baldwing pensó que golpearian hasta cansarce, desvanecerse o lo que se dé primero.
Adentro del salón apestaba a libros, toneladas de ellos impregnaban el ámbiente de ese amarillento olor a páginas muertas. Ahora que ya no vivirian en las calles se dedicarían a leer, Chejov, Vladimir Nabokov, Borges, Bradbury, James Joyce, Homero y millones más. Seguro primeramente verían una fuente de alimento a aquellos nietos de la celulosa. Baldwing se los imagino delgadisimos ingiriendo los volumenes y tomos de geografía o de poesía renacentista. ¿Lo harían antes o después de que el hambre no les permita estar de pié?

Algo era seguro si es que el canibalismo no les place como opción, puesto que en aunsencia de carne cualquier similitud se hace deseable. leeran. Quizás sólo para matar el aburrimiento y comerán para sobrevivir aunque lo que devoran sea lo único que puedes ayudarlos a escapar del tedio.

Baldwing se preguntó cuanto tiempo dejarlos encerrados. Pensó en que él tardó 1 mes y medio en leer Don Quijote. Ese seria, entonces, un buen tiempo. Baldwing tenía la atención difusa y casi al tiempo que se preguntó que harian para beber volvío a su encuesta anterior: cuantas gotas serían necesarias para ahogar, ahora, a un luchador de sumo.

Prendió la radio a todo volumen para silenciar los aláridos y se fué a dormir a la casa de su madre.Feliz de ser tan buen educador no sospechaba que el primer libro que se comerían sería Facundo, de Sarmiento.

19 oct. 2009

Alexander y los juegos previos

Terecita Morales habia dejado pasar amablemente al Sr. Alexander Ruit y al pequeño Baldwing de catorce meses. Los conocía de hacia mucho y una visita siempre debía ser bien recibida.
La señora era una anciana aristocrática, de cabello canoso y enrulado. Usaba un sueter rojo y grandes prendedores y diminutos aros que le daban luz al rostro de la mujer. Alexander no pudo evitar pensar que en su juventud la mujer debió ser una maravilla.

Pasaron y rápidamente tomaron asiento. La casa de Terecita gozaba de ese aroma fresco que tienen las casas, era vistosa, de paredes blancas, grandes ventanales  con vista al jardín.
Terecita ofreció algo de beber, Alexander pidió un té para él y para Baldwing la señora prepraró un vaso de leche con galletas dulces.
Finalmente, la mujer se sentó frente a Alexander quien le regalo una sonriusa inmensae. La mujer quedo pensativa y al fin pregunto.
Terecita_ Digame, Señor Ruit, a que debo su visita.
Aquello era una mera formalidad, Terecita ya conocía la respuesta.

Alexander la miró serenamente, a los ojos y con una sonrisa respondió_ Verá, parece que alguién de verdad está enojado con usted.

La señora aparentó estar confundida. Baldwing jugaba con sus galletas como si fuesen barquitos en la leche y metía sus manos ensuciandose todo. Alexander lo limpió rápídamente con una servilleta y le apretó cariñosamente las manitos de niño.
_ ¿Cómo dice? -dijo la anciana-
Alexander odiaba ser demasiado detallista, pero debía simplificarle el asunto al señora.
_ Me pagaron para matarla.  -Luego de decirlo se sintió un poco tonto de ser tan obvio y se dijo de elejir mejor las palabras la próxima oportunidad-

La mujer tan sólo exclamo _Oh.  Y quedó plantada en el lugar.
Baldwing jugueteaba demasiado y Alexander lo miró reprensivo, aunque finalmente le sonrío. La mirada de la señora seguía posada en los claros ojos de Ruit quien acomodandose en la silla se la correspondió.
_¿Más té? -rompió el silencio la señora?
Alexander, que no habia terminado su taza, omitio la invitación.
_ ¿Sabe porque me elijen a mí y no a otra persona? Para este trabajo, digo.
La mujer sorbió de su taza.
_ ¿Por qué no falla? - Preguntó la mujer quien habia escuchado rumores sobre Alexander-
_ mmmm no. Cualquier  sicario no falla. -se detuvo para hacer una pausa, le gustaba saborear las palabras-  Me elijen a mí porque soy prolijo y porque les hago entender a mis víctimas que ellos merecen morir, que es su mejor opción.
Hubo un silencio de miradas. Baldwing lo percibió y también se calló de inmediato. Terecita y Alexander se miraban fijamente a los ojos.

_Digame -comenzó Alexander- ¿Porque cree que alguién desea terminar con ud.?
_ Hice muchas cosas malas. ¿Ya?
_ Si esa respuesta la conforma a ud, ya.
_ ¿ Desea morir?
La vieja era terca, de aquellas señoras tan rudas que asustan a quien las quiere perturbar.
_Supongo que usted es el ángel que ha venido a ponerle fin a mi tirania. -dijo la señora con altaneria-
_ Que bonitas palabras tiene señora. -dijo inundado de sacarmo- Me gusta sentirme como un ángel.
Casulamente en aquellos momentos el sol recortaba la silueta de Alexander de manera mágica, la anciana pensó en ello y se sonrío.

La mujer se levantó y puso la radio. Alexander tomó su último sorbo de taza de té. Cargó a Baldwing y le enseño algunos de los libros de la amplia biblioteca de la casa.
_ Le gusta mucho ver libros y tocarlos. -le dijo Alexander simpáticamente a la señora-
_ Haga lo que vinó a hacer, Ruit.
El tono de la anciana cortó asperamente el ambiente tranquilo que Alexander habia generado.

Alexander  dejó a Baldwing y volvió a la mesa. Puso su negro malentín sobre la misma, lo abrió y sacó  su brillante Magnum Carry.  Afuera el sol radiante regaba el cesped que en pocas oportunidades venia tan verde.
Alexander le pusó el arma entre las cejas a la sra Morales, tiró del percursor y gatilló.
                           "Click"
Sonó el arma y un silencio irrumpido por las manos de la mujer que temblaban.A Alexander aquelló le recordó la primera vez que mató un hombre.

 _ Le tiene miedo a las armas veo.
_ Mucho.  -se limitó a decir la señora, casi mostrandoce humana-
Alexander notó esto y prosiguió _ Pocas veces he usado mi revolver. Sólo con personas que tenían algo que lo justificase, una cuestión de piel llamemosle.
_ Jugó conmigo, Alexander.
_ Solo un chiste de niños. Sólo eso.
Afuera un par de aves se paraban en la cerca y en sus vuelos trataban de robar los frutos que holgasaneaban del ciruelo.
_ Me gustaría dejar una nota.
Alexander la miró confundido.
_ Antes de irme -continúo la anciana- me gustaria dejar una nota. Usted no va a cambiar de opinión.¿Cierto?
_ Es mi trabajo, nada personal, pero con todo gusto. -dijo sacando una píldora roja de un pastillero y poniendola al lado de un vaso de agua sobre una blanca servilleta-  Tiene diez minutos desde que toma la pastila.
_¿Después?
_ Después se muere.
Alexander jugaba con su taza y miraba a Baldwing  quien se habia subido torpemente a una mecera y se movía. El piso crujía molestamente mientrás la radio continuaba trasmitiendo música entre pequeñas acotasiones de un agudo locutor.
_ ¿Dolerá? -finalmente dijo la anciana-
_ En absoluto.
_ ¿Como lo sabe?
Alexander reflexionó unos momentos.
_ He visto  mucha gente morir, algo aprendí.  Se dormirá y será la última vez que vea el mundo, sólo eso.
_¿Sólo eso?
_ Nada más.

 La mujer miró con lágrimas en los ojos a Alexander, como èl lo habia descrito sería fácil. Al fin todo se cerraria y vendrian las respuestas. Cerró los ojos con fuerza y tomó la pastilla. Una lágrima rodó por su mejilla.
_  Gracias. -dijo la mujer- Te agradezco que no me hayas lástimado. Otras personas pensarian que me lo tengo merecido. Les encantaría verme con un tiro en la cabeza, pero esa sería mi peor muerte.
_  Aproveche sus diez minutos. Escriba lo que tenga que escribir.

El reloj movia sus manecillas. Cada segundo un tic.tac y la radio empecinada dejaba escuchar una banda de jazz que comenzaba a imponerse en Estados Unidos. Baldwing estaba dormitado sobre la mecedora y Alexander lustraba su Magnum. le gustaba escuchar como gatillaba, una y otra vez.

_ Ya está. _dijo la anciana- .
Se puso de pié y se acercó a uno de sus ventanales.
_¿Cuánto tiempo me queda?

Desde allí se veía todo el espléndido jardín. La anciana se preguntaba cuanto tiempo le quedaría para mantenerse de pié.
_Segundos. -Respondió Alexander-
Finalmente, Terecita, sintió una corriente fresca  proveniente de su jardín dandole directamente en el rostro.  Aquello la hizo sonreir.
_ Extrañare mi jardín, mis flores. El olor del amanecer en esta ventana.

Atravez del vidrio de la ventana  pudo ver como Alexander se acercaba  mientrás le  ajustaba un cilindro negro a una colt 45.
_ Puede llevarse su jardín consigo. -dijo al tiempo que apretaba el gatillo-

Luego del silbido, la mujer cayó de rodillas. A Baldwing le causó gracia toda la situación.
El proyectil le habia entrado por la espalda y habia salido por el pecho.
Con un hilo de voz pudo preguntarle_ ¿Por qué?
Alexander esbozó una sonrisa mientrás miraba el jardín de la señora. Era un jardín realmente bien cuidado para una señora de esa edad, los jazmines eran gigantes y emanaban un olor que impregnaba la casa.

_ Las pastillas eran de placebo. Sólo estaba jugando.

Le colocó un jazmin en el pecho para cumplirle su último deseo. La mujer se durmió soñando con su jardin mientrás Alexander se alejaba cargando a Baldwing al que quizás ya deberia de cambiarle los pañales.

17 oct. 2009

Baldwing y la primer venganza.

Baldwing había controlado su cajón dos veces en el día como lo hacía a diario. La tercera vez que realizaba la rutina sabia conscientemente que buscaba respuestas.
No era extraño para Baldwing tener ese presentimiento. Sucedía cuando su sueño se repetía una y otra vez. Cómo si algo o alguien lo anticipase o tratase de enviarle un mensaje.
Revolvió una y otra vez su cajón. Finalmente el papel amarillento escrito con tinta azul ocupo el lugar en su palma casi posandoce debido al aire como una pluma que una niña lo agarra para pedir un deseo.

Tomó el teléfono del doctor que mató a su hijo y salió en la madrugada caminando en medio de la noche hasta una cabina, lo llamó y espero que alguien atienda.
En la casa del médico el teléfono aulló quebrantando los cristales del silencio noctámbulo y a juzgar por la hora todos pensaron que se trataría de una emergencia.
Baldwing tenía miedo de hablar, pero con un hilo de vos lo logró. Del otro lado un cansado hombre saludo.
_ Casa del doctor Rivero.
_ Si, el mismo habla. ¿Quién habla? ¿Qué pasa?
_ ¿Sabe lo que era la ley de Talión?
Hubo un silencio del otro lado_ ¿Qué?
_ Agradezca que estamos en una civilización moderna, de lo contrario yo debería matar a su hijo.
El silencio se agravó más del otro lado. A Rivero un haz de luz le cortaba la mitad del rostro.
_ Claro que en el útero de su mujer.-continuó Baldwing-
_ No sé quién es, ni se acerque a mi mujer.
El hombre parecia sonar rudo, pero en realidad sus pies se habian congelado de terror. Y Baldwing lo sabia.
Supuso entonces por el tono de voz del hombre y por su reacción que la mujer del Dr. Rivero estaba embarazada. Quizás internamente lo sabía desde hacia mucho.

_ Dígale a su mujer que se cuide de las escaleras.  -y colgó-

Desde ese día y durante cinco meses el doctor y su mujer adoptaron el miedo de costumbre. Ese miedo que se perpetúa con cualquier crujido, con cualquier molestia, con cualquier hombre que mira fijamente el abdomen hinchado de la mujer. Y el teléfono sonaba en la madrugada y una voz del otro lado se limitaba a decir_ Ley de Tailón.


Sin embargo pese al terror, Baldwing, tan sólo envió un peluche descocido a la habitación 198 del Hospital Allende, dónde Jerónimo Rivero había nacido un día helado a finales de Octubre.



El Dr. Rivero dejó de sonreír por el peluche cuando leyó la tarjeta que traia aparejada el oso. Sus dedos experimentaron un entumecimiento que jamás olvidaria. Imposible fué no mirar al recien nacido y su mujer, sonreir y tirar la tarjeta. Simulando sólo emoción.

Mientras tanto en su oficina, Baldwing, se sentía orgulloso haber logrado causar terror. Estaba con una sonrisa de oreja a oreja cuando su jefe lo reprendía por las manchas de tinta sobre los balances de octubre y por gastarse medio sueldo en tarjetitas de felicitaciones.


Es que Baldwing debió ensayar bien cada palabra para que el doctor nunca, jamás, volviese a conciliar el sueño.

13 oct. 2009

Alexander y los gajes del oficio.


Quizás por ser sábado a la tarde, el puerto estaba vacío. Unos pocos barcos se mecian vagamente sobre sus propias manchas flotantes de aceite.
 Alexander vio una joven figura mirando el horizonte. Femenina, de unos 23, 24 años de edad. Alexander se acercó despacio. Apreció cada detalle en las curvas de la señorita. Cuando la mujer volteó Alexander se enfrentó a los ojos más bellos que jamás había visto. Un turquesa penetrante invadió sus pupilas aquel quieto día.  El encuentro de miradas duro un par de segundos pero  en posteriores sueños esos ojos volverían, una y otra vez.
La mujer bajó la mirada. Alexander la sostuvo emulando la tranquilidad que le producia la quietud de la tade. Una tarde estática que se habia propagado por la ciudad.  La brisa cálida rodó desde el cabello hasta la cintura de la mujer.  El  vestido blanco  se le mecía y agitaba su pañuelo celeste. Alexander pensó muchas cosas mientras las anclas  golpeaban una y otra vez con las oxidadas cadenas debajo del mar.
Alexander camino hacia la muchacha, le sobresaltó asi mismo la reverberación de sus zapatos sobre la humedecida madera del muelle.
La mujer no volteo, quizás avergonzada, quizás inquieta.
 Él la miró con una extraña sensación de belleza, como si  mirase una obra de arte de una galeria.
Las curvas de su cintura jugaban sensualmente con el vestido. Alexander hizó cinco pasos pensando en los ojos que aquella joven le habia permitido ver.
Cuando le tocó el hombro  la joven volteo tímidamente, sonrojada a causa del  viento que levantaba su pollera.


A_ Es una hermosa tarde para contemplar el mar.
J_ Es verdad. –dijo ella casi repitiendo, sin voltear.

El mar suspiró.
A_ Quizás no entienda mucho de moda, pero su pañuelo, sus ojos y el mar hacen juego.
Dijo Alexander con una sonrisa seductora.
La mujer sonrío tímidamente pero no respondió. Le parecía un comentario por demás cursi.
A_ ¿Me permitiría ver su pañuelo?
La mujer miró confundida.
Otra vez esos ojos, cada pequeño destello de luz hacia única su mirada.
Sonriente Alexander le extendia su mano. La joven se quitó el celeste pañuelo y se lo dio en la mano. Su pelo bailo con el viento en aquel momento.
 Alexander lo acarició mientras sacaba un diminuto frasco de su abrigo.
A_ Es sencillamente hermoso,  Érica.
Las pupilas de la mujer se dilataron rápidamente. Quiso decir algo pero de su boca no salió palabra.
A_ ¿te gusta el mar verdad?
E_ Si.
La joven parecía atontada, Alexander comenzó a mojar el pañuelo con el contenido de una pequeña botellita de vidrio.
A_ Cuenta una vieja leyenda que si te duermes en el mar amaneces siendo sirena.

Por un momento el mar entero pareció callar. Todos sus ecosistemas guardaron silencio.
A_Que descanses Érica.
Y sin apenas forcejar el pañuelo le  beso la nariz. El desvanecimiento fue lento, como si se tratase de un film donde todo sucede en cámara lenta. Y fué así como su pañuelo celeste continuo flotando en el agua al hundirse el cuerpo con la perpetua ilusión de transformarse en sirena.





10 oct. 2009

Baldwing y su hipótesis sobre el segundo advenimiento.

Baldwing alzaba sus manos al cielo razo desecho y se miraba en el espejo.

_ Quizás sea alguna especie de Dios. - pensaba vagamente- Si, eso, un Dios hecho carne sufriendo los sacrificios de un mesías.

Tembloroso cojío su piloto y un paraguas...llovía estrepitosamente y saliendo a las 7 a.m de la mañana se aseguraba llegar a tiempo a su trabajo.

Afuera la lluvia se entretuvo impactando con su paragua. En una esquina un taxi levanto un charco que empapó a Baldwing.
"Los matirios de un Mesias moderno" pensó mientrás para la ciudad él era sólo una figura gris, pequeña y empapada bajo una lluva torrencial.

9 oct. 2009

La luna y Alexander Ruit.

La luna, enamoradiza de algunas historias que sólo pueden mirarse desde el silencio del satélite, se anima a contar sus historias en el blog de Margot.
En esta oportunidad, Margot, cuenta la historia de Alexander Ruit, el padre de Baldwing.


El link es:

http://soloundeliriodelaluna.blogspot.com/


Salud.

El Autor.