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2 oct. 2009

Baldwing y el llanto de aquella mujer

Los domingos por la tarde Baldwing gustaba de caminar frente a la costanera.
Generalmente cuando el sol se ponía, sobre un escalon al borde del mar, se sentaba una mujer joven, quizás 23 años.

A Baldwing le gustaba mirar como esa mujer de vestido blanco ondulante por el viento, lloraba hasta el anochecer, se levantaba y se retiraba. Inundaba cada domingo su pañuelo celeste de un salitroso llanto.

El acto se repetía domingo tras domingo, hasta que cierta vez la mujer no volvio a ir más.
Quizás ya no adoraba a ningun Dios del mar, quizás algún amor o familiar habia perdido la vida embarcado, quizás le daba melancolía ver el sol hundirse entre las olas como alma resignada a la resurección. Quizás alguién habia vuelto y ya no necesitaba llorar, quizás ella se unió al mar.

Si bien Baldwing jamás supo el motivo del dolor de aquella mujer, sobre una piedra dormia el celeste pañuelo.

Baldwing lo tomó una tarde entre sus manos, quien sabia cuanto tiempo habia pasado ahí.
El pañuelo aún hedia a llanto.