Alexander jugaba con una moneda, su señora cuidaba a Baldwing que estaba sentado frente a la ventana.
_ No vas a trabajar hoy Alex? -preguntó la señora-
Alexander se la quedó mirando, se hizó un par de preguntas internas?...podría dispararle a la cabeza y ver como estallaban los pétalos púrpuras entre mechones de cabello. Sí se animaba...de seguro que se animaba. A Baldwing quizás no, era su hijo, eso era enfermo -recapituló-
_ Si...resulta que hoy es un día complicado. -reflexionó-
_ Ah.
Esa falta de chispa lo destruía, nada le costaba preguntarle porqué, por eso iba a morir en su ignorancia con la única felicidad de haber criado un hijo. Ojala que el crío salga retorcido, para darle un par de sustos -deseó-
Alexander se levantó y sacó el arma y le apuntó a la cabeza. Quitó la traba y Baldwing comenzó a sonreir cómo siempre que veía aquella Magnun. La mujer no veía, de espaldas lavaba los platos y tarareando un tango viejo no podía escuchar... En casa de herrero cuchillo de palo. Alexander no podía matar a su mujer. ¿Por lástima, por moral, porque le resultaría díficil limpiar los azulejos? Quien sabe.
_ Adiós.
_ ¿A dónde vas Alex?
_ A eliminar la competencia.
Rodrigo Minerva habia crecido demasiado y se habia vuelto inestable y peligroso. Alguién debía terminar con él. Un trabajo de beneficiencia, como Alexander lo entendía.
LA CUEVA DE LOS IMPOSIBLES
Hace 13 horas