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22 oct. 2009

Baldwing y la buena educación



Desde chico Baldwing maldecia no haber podido estudiar. Era autodidácta, pasaba horas aprendiendo cosas y volviendose diestro en varias disiplinas. Amaba los volumenes de libros y por eso habia pasado décadas armando su biblioteca.

Por otro lado y pese a haber podido evitar el secundario, ser golpeado era un hobby que entetenia mucho a los cercanos de Baldwing. Los años habian pasado y la edad alejó al fracasado hombre de la rudeza física hundiendo su cabeza en un vomitivo fango de hipocrecia donde una mirada vale más que un golpe.
Aquel día, Baldwing volvía del trabajo orgulloso, habia pisado una cucaracha y se habia permitido disfrutar de ese crujir que tanto lo deleitaba frente a la atemorizada mujer de la limpieza quien desde hacia dias se quejaba de encontrar caquita de algo, que no terminaba de discernir. El problema de las ratas, cucarachas y cualquier parásito del humano, ama deborarse todo, sus comidas, sus papeles, sus libros. Por lo cual su muerte no era algo imperdonable.
Caminaba por el puente, un lugar sumamente poético de noche cómo delirio de Poe y Chopin una noche de opio.
Por allí hordas de coches desfilaban durante la abrazadora mañana, pero a la noche la soledad embutia cualquier sonido. Las bolsas de nylon danzaban con el viento como fantasmas y los pasos de Baldwing contrarestaban el arrollo surcandole los pies.
De repente una piedra cayó frente a Baldwing, después otra y otra más. Una precipitada lluvia de cascotes y piedras sacudió la inerte posición del oficinista.
Cuando quisó correr tres adolecentes, de entre 12 y 16 años lo habian rodeado. Baldwing se sintió como un lobo atrapado entre cazadores, hizo una mueca de rabia pero retrocedio.
Esa noche recibió una terrible golpiza y sólo lograron robarle 200 australes y un reloj de mano.

Al llegar a su departamento se curó las heridas, se baño y cambió de ropa. Pocos minutos después alguien llama a la puerta. El llamado insiste al punto que perturba. Si esa noche hubiese llovido, de verdad Baldwing habría conocido el miedo, de todas maneras no llovío.
_ ¿Quién es?
_ Viejo hijo de puta, abrí la puerta.
Baldwing sabia todo lo que iba a suceder, aquellos jovenes ferborosos de su brutalidad destrozarían todo pero quería estar ahi para verlo. Giró dos veces la llave antes que los tres jóvenes irrumpieran la soledad del ámbiente. Comenzaron pateando estantes, mesas y todo aquello que pudiese provocar el pánico. Sin embargo Baldwing miró por la ventana y luego de ser golpeado por uno de los jovenes, se levanto y sin dirijir la palabra se dirijió al baño.
_ ¿A donde vas cagón? -le grito un joven que corrió tras de él.

Lo atarón en el baño y se dispusierón a saquearlo. Baldwing sintió una repentina pena por ellos, eran jovenes y sus vidas corrían sin rumbo. Sabía que el podría ser un gran maestro y nuevamente su vida cobró momentaneo sentido. Reflexionaba acerca de esto mientrás los ojos se le inyectaban de sangre debido a la paliza que recibia.

Finalmente se fueron. Afuera, Baldwing Sentia patadas y griterios, risas histericas y burlas a personas desconosidas. Escuchó una historia de una riña, protistutas y una hermana de un conocidos. El final era terrible, pero seguro era una mentira.

Los minutos se sucedieron. Tic-tac-tic-tac. Una gotera del baño perturbaba la atención de Baldwing. ¿Cúantas gotas son necesarias para ahogar a alguién? -se preguntaba entre gota y gota- Docemil seicientas quience?... depende del volumen del cuerpo. Aquellas preguntas sólo lo divertian por matemática, nunca reparaba en que sus ejemplos hubiesen dejado perplejos a un par de alumnos de algebra.

Por fin, de un momento a otro, Baldwing, escuchó lo que esperaba. Un portazo final. Gritos y golpes. Más gritos y golpes. Silencio profundo y el ciclo comenzaba de nuevo.

En veinte minuto Baldwing miraba la puerta de roble que los separaba de los jovenes, era hábil desatando nudos, seguro que por la ágilidad de sus dedos.

Antes de pensar, lo que ya habia pensado, fué a controlar que el cajón en su pieza estuviese cerrado y milagrosamente lo estaba. Esa cerradura era tan resistente como le habian dicho, aquello lo alegro y se fué a la cocina, con gritos desgarrados de fondo a hervir agua para un café.

Luego, un poco mas sereno y con café en mano, se felicitó por la genial idea de quitar todos los picaportes de las puertas de su departamento para sólo permitir que se abran con media vuelta de llave y no de otra manera. Los jovenes habian quedado atrapados en la biblioteca y sin ventanas ni algún elemento cortante y fuerte, romper esa puerta o salir de ahi no sólo no sería sencillo, sino que sería bastante imposible.
Baldwing pensó que golpearian hasta cansarce, desvanecerse o lo que se dé primero.
Adentro del salón apestaba a libros, toneladas de ellos impregnaban el ámbiente de ese amarillento olor a páginas muertas. Ahora que ya no vivirian en las calles se dedicarían a leer, Chejov, Vladimir Nabokov, Borges, Bradbury, James Joyce, Homero y millones más. Seguro primeramente verían una fuente de alimento a aquellos nietos de la celulosa. Baldwing se los imagino delgadisimos ingiriendo los volumenes y tomos de geografía o de poesía renacentista. ¿Lo harían antes o después de que el hambre no les permita estar de pié?

Algo era seguro si es que el canibalismo no les place como opción, puesto que en aunsencia de carne cualquier similitud se hace deseable. leeran. Quizás sólo para matar el aburrimiento y comerán para sobrevivir aunque lo que devoran sea lo único que puedes ayudarlos a escapar del tedio.

Baldwing se preguntó cuanto tiempo dejarlos encerrados. Pensó en que él tardó 1 mes y medio en leer Don Quijote. Ese seria, entonces, un buen tiempo. Baldwing tenía la atención difusa y casi al tiempo que se preguntó que harian para beber volvío a su encuesta anterior: cuantas gotas serían necesarias para ahogar, ahora, a un luchador de sumo.

Prendió la radio a todo volumen para silenciar los aláridos y se fué a dormir a la casa de su madre.Feliz de ser tan buen educador no sospechaba que el primer libro que se comerían sería Facundo, de Sarmiento.

19 oct. 2009

Alexander y los juegos previos

Terecita Morales habia dejado pasar amablemente al Sr. Alexander Ruit y al pequeño Baldwing de catorce meses. Los conocía de hacia mucho y una visita siempre debía ser bien recibida.
La señora era una anciana aristocrática, de cabello canoso y enrulado. Usaba un sueter rojo y grandes prendedores y diminutos aros que le daban luz al rostro de la mujer. Alexander no pudo evitar pensar que en su juventud la mujer debió ser una maravilla.

Pasaron y rápidamente tomaron asiento. La casa de Terecita gozaba de ese aroma fresco que tienen las casas, era vistosa, de paredes blancas, grandes ventanales  con vista al jardín.
Terecita ofreció algo de beber, Alexander pidió un té para él y para Baldwing la señora prepraró un vaso de leche con galletas dulces.
Finalmente, la mujer se sentó frente a Alexander quien le regalo una sonriusa inmensae. La mujer quedo pensativa y al fin pregunto.
Terecita_ Digame, Señor Ruit, a que debo su visita.
Aquello era una mera formalidad, Terecita ya conocía la respuesta.

Alexander la miró serenamente, a los ojos y con una sonrisa respondió_ Verá, parece que alguién de verdad está enojado con usted.

La señora aparentó estar confundida. Baldwing jugaba con sus galletas como si fuesen barquitos en la leche y metía sus manos ensuciandose todo. Alexander lo limpió rápídamente con una servilleta y le apretó cariñosamente las manitos de niño.
_ ¿Cómo dice? -dijo la anciana-
Alexander odiaba ser demasiado detallista, pero debía simplificarle el asunto al señora.
_ Me pagaron para matarla.  -Luego de decirlo se sintió un poco tonto de ser tan obvio y se dijo de elejir mejor las palabras la próxima oportunidad-

La mujer tan sólo exclamo _Oh.  Y quedó plantada en el lugar.
Baldwing jugueteaba demasiado y Alexander lo miró reprensivo, aunque finalmente le sonrío. La mirada de la señora seguía posada en los claros ojos de Ruit quien acomodandose en la silla se la correspondió.
_¿Más té? -rompió el silencio la señora?
Alexander, que no habia terminado su taza, omitio la invitación.
_ ¿Sabe porque me elijen a mí y no a otra persona? Para este trabajo, digo.
La mujer sorbió de su taza.
_ ¿Por qué no falla? - Preguntó la mujer quien habia escuchado rumores sobre Alexander-
_ mmmm no. Cualquier  sicario no falla. -se detuvo para hacer una pausa, le gustaba saborear las palabras-  Me elijen a mí porque soy prolijo y porque les hago entender a mis víctimas que ellos merecen morir, que es su mejor opción.
Hubo un silencio de miradas. Baldwing lo percibió y también se calló de inmediato. Terecita y Alexander se miraban fijamente a los ojos.

_Digame -comenzó Alexander- ¿Porque cree que alguién desea terminar con ud.?
_ Hice muchas cosas malas. ¿Ya?
_ Si esa respuesta la conforma a ud, ya.
_ ¿ Desea morir?
La vieja era terca, de aquellas señoras tan rudas que asustan a quien las quiere perturbar.
_Supongo que usted es el ángel que ha venido a ponerle fin a mi tirania. -dijo la señora con altaneria-
_ Que bonitas palabras tiene señora. -dijo inundado de sacarmo- Me gusta sentirme como un ángel.
Casulamente en aquellos momentos el sol recortaba la silueta de Alexander de manera mágica, la anciana pensó en ello y se sonrío.

La mujer se levantó y puso la radio. Alexander tomó su último sorbo de taza de té. Cargó a Baldwing y le enseño algunos de los libros de la amplia biblioteca de la casa.
_ Le gusta mucho ver libros y tocarlos. -le dijo Alexander simpáticamente a la señora-
_ Haga lo que vinó a hacer, Ruit.
El tono de la anciana cortó asperamente el ambiente tranquilo que Alexander habia generado.

Alexander  dejó a Baldwing y volvió a la mesa. Puso su negro malentín sobre la misma, lo abrió y sacó  su brillante Magnum Carry.  Afuera el sol radiante regaba el cesped que en pocas oportunidades venia tan verde.
Alexander le pusó el arma entre las cejas a la sra Morales, tiró del percursor y gatilló.
                           "Click"
Sonó el arma y un silencio irrumpido por las manos de la mujer que temblaban.A Alexander aquelló le recordó la primera vez que mató un hombre.

 _ Le tiene miedo a las armas veo.
_ Mucho.  -se limitó a decir la señora, casi mostrandoce humana-
Alexander notó esto y prosiguió _ Pocas veces he usado mi revolver. Sólo con personas que tenían algo que lo justificase, una cuestión de piel llamemosle.
_ Jugó conmigo, Alexander.
_ Solo un chiste de niños. Sólo eso.
Afuera un par de aves se paraban en la cerca y en sus vuelos trataban de robar los frutos que holgasaneaban del ciruelo.
_ Me gustaría dejar una nota.
Alexander la miró confundido.
_ Antes de irme -continúo la anciana- me gustaria dejar una nota. Usted no va a cambiar de opinión.¿Cierto?
_ Es mi trabajo, nada personal, pero con todo gusto. -dijo sacando una píldora roja de un pastillero y poniendola al lado de un vaso de agua sobre una blanca servilleta-  Tiene diez minutos desde que toma la pastila.
_¿Después?
_ Después se muere.
Alexander jugaba con su taza y miraba a Baldwing  quien se habia subido torpemente a una mecera y se movía. El piso crujía molestamente mientrás la radio continuaba trasmitiendo música entre pequeñas acotasiones de un agudo locutor.
_ ¿Dolerá? -finalmente dijo la anciana-
_ En absoluto.
_ ¿Como lo sabe?
Alexander reflexionó unos momentos.
_ He visto  mucha gente morir, algo aprendí.  Se dormirá y será la última vez que vea el mundo, sólo eso.
_¿Sólo eso?
_ Nada más.

 La mujer miró con lágrimas en los ojos a Alexander, como èl lo habia descrito sería fácil. Al fin todo se cerraria y vendrian las respuestas. Cerró los ojos con fuerza y tomó la pastilla. Una lágrima rodó por su mejilla.
_  Gracias. -dijo la mujer- Te agradezco que no me hayas lástimado. Otras personas pensarian que me lo tengo merecido. Les encantaría verme con un tiro en la cabeza, pero esa sería mi peor muerte.
_  Aproveche sus diez minutos. Escriba lo que tenga que escribir.

El reloj movia sus manecillas. Cada segundo un tic.tac y la radio empecinada dejaba escuchar una banda de jazz que comenzaba a imponerse en Estados Unidos. Baldwing estaba dormitado sobre la mecedora y Alexander lustraba su Magnum. le gustaba escuchar como gatillaba, una y otra vez.

_ Ya está. _dijo la anciana- .
Se puso de pié y se acercó a uno de sus ventanales.
_¿Cuánto tiempo me queda?

Desde allí se veía todo el espléndido jardín. La anciana se preguntaba cuanto tiempo le quedaría para mantenerse de pié.
_Segundos. -Respondió Alexander-
Finalmente, Terecita, sintió una corriente fresca  proveniente de su jardín dandole directamente en el rostro.  Aquello la hizo sonreir.
_ Extrañare mi jardín, mis flores. El olor del amanecer en esta ventana.

Atravez del vidrio de la ventana  pudo ver como Alexander se acercaba  mientrás le  ajustaba un cilindro negro a una colt 45.
_ Puede llevarse su jardín consigo. -dijo al tiempo que apretaba el gatillo-

Luego del silbido, la mujer cayó de rodillas. A Baldwing le causó gracia toda la situación.
El proyectil le habia entrado por la espalda y habia salido por el pecho.
Con un hilo de voz pudo preguntarle_ ¿Por qué?
Alexander esbozó una sonrisa mientrás miraba el jardín de la señora. Era un jardín realmente bien cuidado para una señora de esa edad, los jazmines eran gigantes y emanaban un olor que impregnaba la casa.

_ Las pastillas eran de placebo. Sólo estaba jugando.

Le colocó un jazmin en el pecho para cumplirle su último deseo. La mujer se durmió soñando con su jardin mientrás Alexander se alejaba cargando a Baldwing al que quizás ya deberia de cambiarle los pañales.