Modo de Lectura
22 oct 2009
Baldwing y la buena educación
Desde chico Baldwing maldecia no haber podido estudiar. Era autodidácta, pasaba horas aprendiendo cosas y volviendose diestro en varias disiplinas. Amaba los volumenes de libros y por eso habia pasado décadas armando su biblioteca.
Por otro lado y pese a haber podido evitar el secundario, ser golpeado era un hobby que entetenia mucho a los cercanos de Baldwing. Los años habian pasado y la edad alejó al fracasado hombre de la rudeza física hundiendo su cabeza en un vomitivo fango de hipocrecia donde una mirada vale más que un golpe.
Aquel día, Baldwing volvía del trabajo orgulloso, habia pisado una cucaracha y se habia permitido disfrutar de ese crujir que tanto lo deleitaba frente a la atemorizada mujer de la limpieza quien desde hacia dias se quejaba de encontrar caquita de algo, que no terminaba de discernir. El problema de las ratas, cucarachas y cualquier parásito del humano, ama deborarse todo, sus comidas, sus papeles, sus libros. Por lo cual su muerte no era algo imperdonable.
Caminaba por el puente, un lugar sumamente poético de noche cómo delirio de Poe y Chopin una noche de opio.
Por allí hordas de coches desfilaban durante la abrazadora mañana, pero a la noche la soledad embutia cualquier sonido. Las bolsas de nylon danzaban con el viento como fantasmas y los pasos de Baldwing contrarestaban el arrollo surcandole los pies.
De repente una piedra cayó frente a Baldwing, después otra y otra más. Una precipitada lluvia de cascotes y piedras sacudió la inerte posición del oficinista.
Cuando quisó correr tres adolecentes, de entre 12 y 16 años lo habian rodeado. Baldwing se sintió como un lobo atrapado entre cazadores, hizo una mueca de rabia pero retrocedio.
Esa noche recibió una terrible golpiza y sólo lograron robarle 200 australes y un reloj de mano.
Al llegar a su departamento se curó las heridas, se baño y cambió de ropa. Pocos minutos después alguien llama a la puerta. El llamado insiste al punto que perturba. Si esa noche hubiese llovido, de verdad Baldwing habría conocido el miedo, de todas maneras no llovío.
_ ¿Quién es?
_ Viejo hijo de puta, abrí la puerta.
Baldwing sabia todo lo que iba a suceder, aquellos jovenes ferborosos de su brutalidad destrozarían todo pero quería estar ahi para verlo. Giró dos veces la llave antes que los tres jóvenes irrumpieran la soledad del ámbiente. Comenzaron pateando estantes, mesas y todo aquello que pudiese provocar el pánico. Sin embargo Baldwing miró por la ventana y luego de ser golpeado por uno de los jovenes, se levanto y sin dirijir la palabra se dirijió al baño.
_ ¿A donde vas cagón? -le grito un joven que corrió tras de él.
Lo atarón en el baño y se dispusierón a saquearlo. Baldwing sintió una repentina pena por ellos, eran jovenes y sus vidas corrían sin rumbo. Sabía que el podría ser un gran maestro y nuevamente su vida cobró momentaneo sentido. Reflexionaba acerca de esto mientrás los ojos se le inyectaban de sangre debido a la paliza que recibia.
Finalmente se fueron. Afuera, Baldwing Sentia patadas y griterios, risas histericas y burlas a personas desconosidas. Escuchó una historia de una riña, protistutas y una hermana de un conocidos. El final era terrible, pero seguro era una mentira.
Los minutos se sucedieron. Tic-tac-tic-tac. Una gotera del baño perturbaba la atención de Baldwing. ¿Cúantas gotas son necesarias para ahogar a alguién? -se preguntaba entre gota y gota- Docemil seicientas quience?... depende del volumen del cuerpo. Aquellas preguntas sólo lo divertian por matemática, nunca reparaba en que sus ejemplos hubiesen dejado perplejos a un par de alumnos de algebra.
Por fin, de un momento a otro, Baldwing, escuchó lo que esperaba. Un portazo final. Gritos y golpes. Más gritos y golpes. Silencio profundo y el ciclo comenzaba de nuevo.
En veinte minuto Baldwing miraba la puerta de roble que los separaba de los jovenes, era hábil desatando nudos, seguro que por la ágilidad de sus dedos.
Antes de pensar, lo que ya habia pensado, fué a controlar que el cajón en su pieza estuviese cerrado y milagrosamente lo estaba. Esa cerradura era tan resistente como le habian dicho, aquello lo alegro y se fué a la cocina, con gritos desgarrados de fondo a hervir agua para un café.
Luego, un poco mas sereno y con café en mano, se felicitó por la genial idea de quitar todos los picaportes de las puertas de su departamento para sólo permitir que se abran con media vuelta de llave y no de otra manera. Los jovenes habian quedado atrapados en la biblioteca y sin ventanas ni algún elemento cortante y fuerte, romper esa puerta o salir de ahi no sólo no sería sencillo, sino que sería bastante imposible.
Baldwing pensó que golpearian hasta cansarce, desvanecerse o lo que se dé primero.
Adentro del salón apestaba a libros, toneladas de ellos impregnaban el ámbiente de ese amarillento olor a páginas muertas. Ahora que ya no vivirian en las calles se dedicarían a leer, Chejov, Vladimir Nabokov, Borges, Bradbury, James Joyce, Homero y millones más. Seguro primeramente verían una fuente de alimento a aquellos nietos de la celulosa. Baldwing se los imagino delgadisimos ingiriendo los volumenes y tomos de geografía o de poesía renacentista. ¿Lo harían antes o después de que el hambre no les permita estar de pié?
Algo era seguro si es que el canibalismo no les place como opción, puesto que en aunsencia de carne cualquier similitud se hace deseable. leeran. Quizás sólo para matar el aburrimiento y comerán para sobrevivir aunque lo que devoran sea lo único que puedes ayudarlos a escapar del tedio.
Baldwing se preguntó cuanto tiempo dejarlos encerrados. Pensó en que él tardó 1 mes y medio en leer Don Quijote. Ese seria, entonces, un buen tiempo. Baldwing tenía la atención difusa y casi al tiempo que se preguntó que harian para beber volvío a su encuesta anterior: cuantas gotas serían necesarias para ahogar, ahora, a un luchador de sumo.
Prendió la radio a todo volumen para silenciar los aláridos y se fué a dormir a la casa de su madre.Feliz de ser tan buen educador no sospechaba que el primer libro que se comerían sería Facundo, de Sarmiento.
19 oct 2009
Alexander y los juegos previos
La señora era una anciana aristocrática, de cabello canoso y enrulado. Usaba un sueter rojo y grandes prendedores y diminutos aros que le daban luz al rostro de la mujer. Alexander no pudo evitar pensar que en su juventud la mujer debió ser una maravilla.
Pasaron y rápidamente tomaron asiento. La casa de Terecita gozaba de ese aroma fresco que tienen las casas, era vistosa, de paredes blancas, grandes ventanales con vista al jardín.
Terecita ofreció algo de beber, Alexander pidió un té para él y para Baldwing la señora prepraró un vaso de leche con galletas dulces.
Finalmente, la mujer se sentó frente a Alexander quien le regalo una sonriusa inmensae. La mujer quedo pensativa y al fin pregunto.
Terecita_ Digame, Señor Ruit, a que debo su visita.
Aquello era una mera formalidad, Terecita ya conocía la respuesta.
Alexander la miró serenamente, a los ojos y con una sonrisa respondió_ Verá, parece que alguién de verdad está enojado con usted.
La señora aparentó estar confundida. Baldwing jugaba con sus galletas como si fuesen barquitos en la leche y metía sus manos ensuciandose todo. Alexander lo limpió rápídamente con una servilleta y le apretó cariñosamente las manitos de niño.
_ ¿Cómo dice? -dijo la anciana-
Alexander odiaba ser demasiado detallista, pero debía simplificarle el asunto al señora.
_ Me pagaron para matarla. -Luego de decirlo se sintió un poco tonto de ser tan obvio y se dijo de elejir mejor las palabras la próxima oportunidad-
La mujer tan sólo exclamo _Oh. Y quedó plantada en el lugar.
Baldwing jugueteaba demasiado y Alexander lo miró reprensivo, aunque finalmente le sonrío. La mirada de la señora seguía posada en los claros ojos de Ruit quien acomodandose en la silla se la correspondió.
_¿Más té? -rompió el silencio la señora?
Alexander, que no habia terminado su taza, omitio la invitación.
_ ¿Sabe porque me elijen a mí y no a otra persona? Para este trabajo, digo.
La mujer sorbió de su taza.
_ ¿Por qué no falla? - Preguntó la mujer quien habia escuchado rumores sobre Alexander-
_ mmmm no. Cualquier sicario no falla. -se detuvo para hacer una pausa, le gustaba saborear las palabras- Me elijen a mí porque soy prolijo y porque les hago entender a mis víctimas que ellos merecen morir, que es su mejor opción.
Hubo un silencio de miradas. Baldwing lo percibió y también se calló de inmediato. Terecita y Alexander se miraban fijamente a los ojos.
_Digame -comenzó Alexander- ¿Porque cree que alguién desea terminar con ud.?
_ Hice muchas cosas malas. ¿Ya?
_ Si esa respuesta la conforma a ud, ya.
_ ¿ Desea morir?
La vieja era terca, de aquellas señoras tan rudas que asustan a quien las quiere perturbar.
_Supongo que usted es el ángel que ha venido a ponerle fin a mi tirania. -dijo la señora con altaneria-
_ Que bonitas palabras tiene señora. -dijo inundado de sacarmo- Me gusta sentirme como un ángel.
Casulamente en aquellos momentos el sol recortaba la silueta de Alexander de manera mágica, la anciana pensó en ello y se sonrío.
La mujer se levantó y puso la radio. Alexander tomó su último sorbo de taza de té. Cargó a Baldwing y le enseño algunos de los libros de la amplia biblioteca de la casa.
_ Le gusta mucho ver libros y tocarlos. -le dijo Alexander simpáticamente a la señora-
_ Haga lo que vinó a hacer, Ruit.
El tono de la anciana cortó asperamente el ambiente tranquilo que Alexander habia generado.
Alexander dejó a Baldwing y volvió a la mesa. Puso su negro malentín sobre la misma, lo abrió y sacó su brillante Magnum Carry. Afuera el sol radiante regaba el cesped que en pocas oportunidades venia tan verde.
Alexander le pusó el arma entre las cejas a la sra Morales, tiró del percursor y gatilló.
"Click"
Sonó el arma y un silencio irrumpido por las manos de la mujer que temblaban.A Alexander aquelló le recordó la primera vez que mató un hombre.
_ Le tiene miedo a las armas veo.
_ Mucho. -se limitó a decir la señora, casi mostrandoce humana-
Alexander notó esto y prosiguió _ Pocas veces he usado mi revolver. Sólo con personas que tenían algo que lo justificase, una cuestión de piel llamemosle.
_ Jugó conmigo, Alexander.
_ Solo un chiste de niños. Sólo eso.
Afuera un par de aves se paraban en la cerca y en sus vuelos trataban de robar los frutos que holgasaneaban del ciruelo.
_ Me gustaría dejar una nota.
Alexander la miró confundido.
_ Antes de irme -continúo la anciana- me gustaria dejar una nota. Usted no va a cambiar de opinión.¿Cierto?
_ Es mi trabajo, nada personal, pero con todo gusto. -dijo sacando una píldora roja de un pastillero y poniendola al lado de un vaso de agua sobre una blanca servilleta- Tiene diez minutos desde que toma la pastila.
_¿Después?
_ Después se muere.
Alexander jugaba con su taza y miraba a Baldwing quien se habia subido torpemente a una mecera y se movía. El piso crujía molestamente mientrás la radio continuaba trasmitiendo música entre pequeñas acotasiones de un agudo locutor.
_ ¿Dolerá? -finalmente dijo la anciana-
_ En absoluto.
_ ¿Como lo sabe?
Alexander reflexionó unos momentos.
_ He visto mucha gente morir, algo aprendí. Se dormirá y será la última vez que vea el mundo, sólo eso.
_¿Sólo eso?
_ Nada más.
La mujer miró con lágrimas en los ojos a Alexander, como èl lo habia descrito sería fácil. Al fin todo se cerraria y vendrian las respuestas. Cerró los ojos con fuerza y tomó la pastilla. Una lágrima rodó por su mejilla.
_ Gracias. -dijo la mujer- Te agradezco que no me hayas lástimado. Otras personas pensarian que me lo tengo merecido. Les encantaría verme con un tiro en la cabeza, pero esa sería mi peor muerte.
_ Aproveche sus diez minutos. Escriba lo que tenga que escribir.
El reloj movia sus manecillas. Cada segundo un tic.tac y la radio empecinada dejaba escuchar una banda de jazz que comenzaba a imponerse en Estados Unidos. Baldwing estaba dormitado sobre la mecedora y Alexander lustraba su Magnum. le gustaba escuchar como gatillaba, una y otra vez.
_ Ya está. _dijo la anciana- .
Se puso de pié y se acercó a uno de sus ventanales.
_¿Cuánto tiempo me queda?
Desde allí se veía todo el espléndido jardín. La anciana se preguntaba cuanto tiempo le quedaría para mantenerse de pié.
_Segundos. -Respondió Alexander-
Finalmente, Terecita, sintió una corriente fresca proveniente de su jardín dandole directamente en el rostro. Aquello la hizo sonreir.
_ Extrañare mi jardín, mis flores. El olor del amanecer en esta ventana.
Atravez del vidrio de la ventana pudo ver como Alexander se acercaba mientrás le ajustaba un cilindro negro a una colt 45.
_ Puede llevarse su jardín consigo. -dijo al tiempo que apretaba el gatillo-
Luego del silbido, la mujer cayó de rodillas. A Baldwing le causó gracia toda la situación.
El proyectil le habia entrado por la espalda y habia salido por el pecho.
Con un hilo de voz pudo preguntarle_ ¿Por qué?
Alexander esbozó una sonrisa mientrás miraba el jardín de la señora. Era un jardín realmente bien cuidado para una señora de esa edad, los jazmines eran gigantes y emanaban un olor que impregnaba la casa.
_ Las pastillas eran de placebo. Sólo estaba jugando.
Le colocó un jazmin en el pecho para cumplirle su último deseo. La mujer se durmió soñando con su jardin mientrás Alexander se alejaba cargando a Baldwing al que quizás ya deberia de cambiarle los pañales.
17 oct 2009
Baldwing y la primer venganza.
Revolvió una y otra vez su cajón. Finalmente el papel amarillento escrito con tinta azul ocupo el lugar en su palma casi posandoce debido al aire como una pluma que una niña lo agarra para pedir un deseo.
Tomó el teléfono del doctor que mató a su hijo y salió en la madrugada caminando en medio de la noche hasta una cabina, lo llamó y espero que alguien atienda.
En la casa del médico el teléfono aulló quebrantando los cristales del silencio noctámbulo y a juzgar por la hora todos pensaron que se trataría de una emergencia.
Baldwing tenía miedo de hablar, pero con un hilo de vos lo logró. Del otro lado un cansado hombre saludo.
_ Casa del doctor Rivero.
_ Si, el mismo habla. ¿Quién habla? ¿Qué pasa?
_ ¿Sabe lo que era la ley de Talión?
Hubo un silencio del otro lado_ ¿Qué?
_ Agradezca que estamos en una civilización moderna, de lo contrario yo debería matar a su hijo.
El silencio se agravó más del otro lado. A Rivero un haz de luz le cortaba la mitad del rostro.
_ Claro que en el útero de su mujer.-continuó Baldwing-
_ No sé quién es, ni se acerque a mi mujer.
El hombre parecia sonar rudo, pero en realidad sus pies se habian congelado de terror. Y Baldwing lo sabia.
Supuso entonces por el tono de voz del hombre y por su reacción que la mujer del Dr. Rivero estaba embarazada. Quizás internamente lo sabía desde hacia mucho.
_ Dígale a su mujer que se cuide de las escaleras. -y colgó-
Desde ese día y durante cinco meses el doctor y su mujer adoptaron el miedo de costumbre. Ese miedo que se perpetúa con cualquier crujido, con cualquier molestia, con cualquier hombre que mira fijamente el abdomen hinchado de la mujer. Y el teléfono sonaba en la madrugada y una voz del otro lado se limitaba a decir_ Ley de Tailón.
Sin embargo pese al terror, Baldwing, tan sólo envió un peluche descocido a la habitación 198 del Hospital Allende, dónde Jerónimo Rivero había nacido un día helado a finales de Octubre.
El Dr. Rivero dejó de sonreír por el peluche cuando leyó la tarjeta que traia aparejada el oso. Sus dedos experimentaron un entumecimiento que jamás olvidaria. Imposible fué no mirar al recien nacido y su mujer, sonreir y tirar la tarjeta. Simulando sólo emoción.
Mientras tanto en su oficina, Baldwing, se sentía orgulloso haber logrado causar terror. Estaba con una sonrisa de oreja a oreja cuando su jefe lo reprendía por las manchas de tinta sobre los balances de octubre y por gastarse medio sueldo en tarjetitas de felicitaciones.
Es que Baldwing debió ensayar bien cada palabra para que el doctor nunca, jamás, volviese a conciliar el sueño.
13 oct 2009
Alexander y los gajes del oficio.
La mujer no volteo, quizás avergonzada, quizás inquieta.
Él la miró con una extraña sensación de belleza, como si mirase una obra de arte de una galeria.
Las curvas de su cintura jugaban sensualmente con el vestido. Alexander hizó cinco pasos pensando en los ojos que aquella joven le habia permitido ver.
Dijo Alexander con una sonrisa seductora.
Otra vez esos ojos, cada pequeño destello de luz hacia única su mirada.
Sonriente Alexander le extendia su mano. La joven se quitó el celeste pañuelo y se lo dio en la mano. Su pelo bailo con el viento en aquel momento.
Alexander lo acarició mientras sacaba un diminuto frasco de su abrigo.
10 oct 2009
Baldwing y su hipótesis sobre el segundo advenimiento.
_ Quizás sea alguna especie de Dios. - pensaba vagamente- Si, eso, un Dios hecho carne sufriendo los sacrificios de un mesías.
Tembloroso cojío su piloto y un paraguas...llovía estrepitosamente y saliendo a las 7 a.m de la mañana se aseguraba llegar a tiempo a su trabajo.
Afuera la lluvia se entretuvo impactando con su paragua. En una esquina un taxi levanto un charco que empapó a Baldwing.

"Los matirios de un Mesias moderno" pensó mientrás para la ciudad él era sólo una figura gris, pequeña y empapada bajo una lluva torrencial.
9 oct 2009
La luna y Alexander Ruit.
En esta oportunidad, Margot, cuenta la historia de Alexander Ruit, el padre de Baldwing.
El link es:
http://soloundeliriodelaluna.blogspot.com/
Salud.
El Autor.
5 oct 2009
Baldwing y como imponer respeto.
Levantó su vista al sentir que lo miraban.
La oficina era diminuta, apestaba a papel viejo y húmedo. Una ventana a espaldas de Baldwing repartia luz en el lugar, de frente una puerta dejaba ver el pasillo.
Su jefe y otros más lo miraban, como extrañados. De repente uno de ellos rompío en risa.
A Baldwing le indignaba ser objeto de burla, toda su vida lo habia sido. Su mirada cayó sobre sus papeles "La construcciòn puede demorar de dos a tres años utilizando materiales de buena cálidad, sin embargo sujerimos ..." decia el párrafo del texto que Baldwing tipeaba.
Baldwing tenia el dedo hinchado, cada vez que veia el anillo en su dedo índice y recordaba a su mujer pensaba en cortarse el dedo. No, no sacarce el anillo. No queria tolerar el tiempo que tardaba la piel en hacer desaparecer la marca que dejaba. Nada que le recordase a esa mujer. Mutilar la unión.
Una estridente risa llegó a Baldwing que no pudo evitar levantar los ojos. El de la risa se llamaba Sergio Falco. Era la mano derecha de su suegro. Ocupaba el puesto que Baldwing, por capacidad deberia ocupar. Su rostro, alargado y sereno era perfectamente armónico, pero un ojo de vidrio deformaba un poco aquella prólijidad estética que daba la imagen de Falco.
Se habian incorporado a la charla dos secretarias sumamente atractivas y de seguro se burlaban de la patética apariencia de Baldwing, era común para él que el género femenino se divirtiese a costillas de su mediocre apariencia.
No pudo evitar en aquel momento mirar a los ojos a Sergio, y sonreirle, como sonrie un desquiciado ante las llamas de la hogera donde piensan incinerarlo.
Sergio quedó paralizado,
¿lo habria soñado también alguna vez?, Baldwing se imaginaba hundiendole su lápiz de afilada mina en el ojo sano de Sergio. Una y otra vez. El chasquido que el ojo producia le sonaba morbosamente divertido.
Sergio no pudo evitar sentirce incomodo, recordó que esa misma sonrisa mantenia Baldwing mirandolo a los ojos el dia que decidieron brindar por su ascenso.
Baldwing esa noche recordó que los brindis tenian algo de especial. En sus origenes no eran rito de festejo, sino que ante la desconfianza de alguna autoridad ó persona hacia sus interlocutores realizaba el brindis. El miedo era, obviamente, que
le hayan envenenado la copa.Los que estaban por beber, golpeaban sus copas de modo que los contenidos se mezclasen. Si alguna de las copas estaba envenada, ambos moririan. De lo contrario, ante la inminente muerte, el traidor de seguro confesaría para evitarla.
Baldwing se sentia traicionado. Pero ya no funcionaba eso de poner veneno en las copas. Simplemente bastaba sonreir y que el destino se encarge de lo demás.
Y así fue que desde el día en que perdió su ojo, Sergio no volvió a acercarse a los brindis donde Baldwing fuese quien destapase las botellas mientrás sonreia.
2 oct 2009
Baldwing y el llanto de aquella mujer
Generalmente cuando el sol se ponía, sobre un escalon al borde del mar, se sentaba una mujer joven, quizás 23 años.
A Baldwing le gustaba mirar como esa mujer de vestido blanco ondulante por el viento, lloraba hasta el anochecer, se levantaba y se retiraba. Inundaba cada domingo su pañuelo celeste de un salitroso llanto.
El acto se repetía domingo tras domingo, hasta que cierta vez la mujer no volvio a ir más.
Quizás ya no adoraba a ningun Dios del mar, quizás algún amor o familiar habia perdido la vida embarcado, quizás le daba melancolía ver el sol hundirse entre las olas como alma resignada a la resurección. Quizás alguién habia vuelto y ya no necesitaba llorar, quizás ella se unió al mar.
Si bien Baldwing jamás supo el motivo del dolor de aquella mujer, sobre una piedra dormia el celeste pañuelo.
Baldwing lo tomó una tarde entre sus manos, quien sabia cuanto tiempo habia pasado ahí.
El pañuelo aún hedia a llanto.
19 sept 2009
Las memorias de Alexander Ruit.
El hombre comienza a contemplar sus manos húmedas. ¿Qué sucedió? El piso estaba inundado.
_ Quizás usted no lo sepa. El agua dulce no trasmite la electricidad quizás lo alivie saber que está parado sobre agua dulce.
El hombre mira atormentado y confundido.
El torturador se llama Alexander Ruit, quita de su bolsillo un diminuto papel.
_ Pero el contacto con la piel humana, automáticamente la vuelve salada.
El hombre parece sentir un dolor atravesándole el cuerpo y emite un leve quejido. Alexander sonríe.
_ Erilka es su nieta de 12 años. ¿Se acuerda de ella?
Alexander saca de un bolsillo una foto de la niña y se la tira frente a él.
_ Su nieta podría ser como cualquier otra nena. Pero no lo es…¿no es cierto?
Alguien abre una puertezuela metálica, similar a la de las bancos y le alcanza un reproductor de audio. Una voz de una nena se escucha llorando y le dice, NO ABUELO NO!.
El viejo comienza a llorar. Alexander mira ensombrecido.
_ Te das cuenta que le cagaste la vida a una criatura ¿no?
La mirada de los ojos azules es persistente y condenaba al anciano. El anciano sentía el juicio de Dios al mirarlo directamente a los ojos.
Alexander se levanta y sentándose en una silla se pone unas grandes botas de goma. Sobre la mesa hay dos bornes conectados a un gran aparato. Al tirar los cables al suelo el viejo queda tiritando de miedo esperando el shock. Aterrorizado levanta los ojos y lo mira a Alexander que sonríe.
_ Olvide prenderlo.
Y bajando un interruptor el viejo comenzó a electrocutarse.

Baldwing y el rencuentro con Margot.

_ No señor, no conozco ninguna Margot.
Baldwing y el sueño recurrente
Se despertó sobresaltado, sin embargo en la habitación el silencio era plomizo. Baldwing sin embargo sintio no estar sólo.
Lo habia soñado en numerosas ocasiones, despertaba y un hombre de unos treinta años estaba frente a él. Sentado con cara risueña y con un cable en la mano. Le sonreía. No cabía duda de que ese hombre estaba directamente relacionado con la muerte.
Era rubio de ojos claros y una sonrisa finisima. Una especie de payaso oscuro, sin maquillaje pero con una sonrisa carnivora.
_ ¿Que estamos esperando Baldwing?
Le decía.
_Yo espero dormir, no sé que espera usted.
El hombre se levantaba sonriente. Su rostro permanecia dividido por las sombras de la persiana.
_¿Qué estamos esperando para usar las balas?
Caminaba hacia un enchufe y al conectar el cable se encendía una lampara. El hombre autómaticamente se esfumaba.
Baldwing caminó hacia el grifo y se sirvió un vaso de agua. El agua golpeando contra el vidrio rompió un poco el silencio del lugar. Finalmente Baldwing percibió el diminuto chillar de un ratón sobre una viga en el techo. Pensó en las cosas que debía hacer por la mañana.
Se acostó con la sensación de que aquel hombre seguia mirandolo.
13 sept 2009
El hobby de Baldwing
- Baldwing tiene una obsesión extraña. Desarma clips y tratá de armar figuras de animales. Cuando tuvo que pedir mas clips y su jefe lo regaño por realizar tan absurda tarea con elementos laborales, Baldwing simplemente salió de la oficina molesto.
erpo de un diabético.Baldwing Ruit y Constanza Rivero.

El maquillaje de la novia estaba corrido haciendola parecer una maniatica. Las sombras de sus ojos eran reveladores y apuntaban con odio a Baldwing.
_ Mañana me quitaré al bebé. -dijo con una franqueza de voz que pareció resonar en el cuarto-
Baldwing la miró y encendió la radio. Pasaban un tango llamado Av. de mayo. Se acercó a la ventana y miró por el vidrio las parejas que bajaban de los autos. De lejos se oian algun que otro quejido de mujer. La luz de la mañana entraba estrepitosamente por las finas cortinas y poco a poco las sombras se alargaban y comenzaban a perder su negruzco tono.
_ Me fallaste hoy, no te importó nada quedarte en la fiesta. ¿Verdad? - la mujer sonaba alterada y Baldwing la miraba inexpresivo, directamente a los ojos- ¿Sabes lo que dijo mi padre? Dijo: ¿ Que otra cosas puedes esperar? Tendrás un hijo para que ese imbecil lo crie? ¿Qué puede el enseñarle a una criatura?... Y yo me lo voy a quitar.
Baldwing encendió su cigarrillo y fumo mirandola. Las bocanadas de humo de Baldwing parecian impactar sobre el rostro de Constanza.
_ No debiste casarte de blanco. No sos virgen.
Ella lo miró sumamente adolorida y confundida.
_ Ya saque turno con un doctor. ¿Hay algo que te interese decirme?
Baldwing apago su cigarrillo en el cenicero y la miró directamente a los ojos.
_ Vas a pagar la muerte de Fernando con los mejores años de tu vida.
Y tomando sus lentes los limpió con su camisa, los apoyo en la mesa de luz y se acostó a dormir mientrás se preguntaba si todos leian la biblia de los cajone.
Baldwing recordó aquel momento mientrás aquella grasienta mujer en que se habia transformado Constanza le servia el almuerzo.
_ Antes eras una linda mujer. -le dijó un martes de enero sin motivo aparente-
A Constanza más que el mensaje le sorprendió escuchar a Baldwing hablandole tan espontaniamente. Hacia tiempo que no oía su voz.
La mujer lo miró con ojos ingestuales, simplemente lo miró.
_ Antes parecias una mujer.
Los ojos de la mujer se tornaron pesados y brumosos.
_ Creo que arruiné tu vida lo suficiente y no creo que haya mucho más que se pueda arruinar. Adiós. -dijo haciendo un parentesís claro entre la primera oración y el adios definitivo-
Puso sobre la mesa un fajo de dinero. La mujer lo miraba aún con ese rostro confuso. Hacia dos años que Constanza era rechazada sexualmente por Baldwing. Varias veces Baldwing la habia encontrado masturbandose. Pero Baldwing nunca decía nada, no reprendia, ni nada. Siquiera le hablaba si no era importante.
Finalmente la mujer tomó el dinero, se sacó el delantal y dejo caer una lágrima.
_ Perdón Baldwing por matar a tu hijo.
Baldwing jamás volvió a saber de ella. Luego de que Constanza cerrará por ultima vez la puerta, Baldwing pensó seriamente en mudarse a un monoambiente.
Baldwing guarda también el cajón donde guarda la navaja y las dos balas, el número de telefono del medico que mató a su bebé.
11 sept 2009
Baldwing Ruit y las dos balas.

La única herencia que le quedó a Baldwing de su padre, Alexander Ruit, fué una Magnum Carry.
Diminuta y gastada fué cepultada en el cajón que Baldwing abre y cierra con llave a diario controlando que nada le falte.
La guarda celosameente junto con dos balas.
No cabe duda que una es para acabar consigo mismo.
La pregunta es ¿Para quien guarda la otra?
Baldwing y el ciego de la quiniela.
Rápidamente se vistió y no lavó la taza con cafe que albergaba los restos de una manzana que comenzaban a oscurecerse.
Fué en cuanto llegó al palier del edificio que descubrió que la rueda de su bicicleta estaba desinflada. Acto seguido y dejandola en el lugar emprendió presuroso su caminata.
Baldwing caminaba de manera atolondrada. Su diminuto cuerpo golpeaba entre la gente que lo miraba con disgusto. En el camino y como una extraña coincidencia del destino, todos los semaforos se pusieron en rojo para los peatones. Baldwing pensó que esas escasas cinco cuadras se habian vuelto bloques enteros de cemento. Y que algo no lo deseaba que llegase al trabajo.
Por fin a media cuadra de su trabajo no puedo evitar mirar a un ciego que se dirijia directamente a una columna en su oscura travesía. Baldwing nunca habia sido solidario, no le importaban los demás. No era desprecio pero era un hombre totalmente frio a su realidad, como un cuerpo inerte dedicado a archivar papelerio.
Pese a esto Baldwing lo salvó del golpe.
_ ¿Estamos cerca de la esquina? -preguntó el ciego-
El olor rancio del ciego le recordaba esos bodegones que frecuentaba algunas tardes para jugar ajedrez. Posiblemente lo habia visto vendiendo peinetas en algun colectivo.
_ Estamos en la esquina._ Tengo que doblar en la esquina Rosario de Sta. Fé. -dijo simpáticamente el hombre-
El ciego no podía haber elejido calle más tránsitada para doblar, sumandole a que Baldwing debió preguntar a una moza de un bar si efectivamente esa calle era Rosario y Sta Fé.
_ Es una quiniela.
Baldwing tomaba al apestoso hombre del brazo y lo dirijia. ¿Acaso el ciego pensaba en cambiar la suerte de su vida?
Al llegar a la quiniela lo dejó en la puerta.
_ Muchas gracias, al 205 voy a jugar. - En realidad Baldwing no recuerda si era al 205 o al 502. Pero es poco probable que ese hombre haya enderesado su suerte-
Al llegar a su oficina su jefé simplemente no lo saludo. Caminó despacio a su escritorio y se encorbó sobre su máquina de escribir. En su calva se reflejeba el minusculo ventilador de techo sin funcionar.
Baldwing se preguntó porque habia ayudado al ciego, y no puedo dejar de recordar a su tío. También era un ciego timbero y todos los días jugaba sus tres pecitos.
Recordó el informe sobre ciegos de Sabato y se pregunto si la Quiniela era alguna especie de secta para ciegos.
10 sept 2009
Baldwing y la globalización

Baldwing esperaba sentado en la plaza que algo espectacular suceda.
Pero nada sucedió.
Las estatuas comenzaron a aumentar sus sombras acorde el sol caia sobre el horizonte. Decidió entonces comprar goma de mascar y caminar de regreso a su casa. Pero a mitad del camino algo lo detuvo. No pudo explicar que, pero decidió caminar hasta una cabina telefónica. Cojió la pesada guía y busco.
Discó un numero interminable correspondiente a Granatá, Julian Alberto.
_¿Hola?
_ Hola, ¿se encuentra Julian?
_ Si, soy yo. ¿Quién habla?
_ Te habla Baldwing, Ruit. Trabajamos juntos en la oficina mucho tiempo. Te acordas, vos me traias los informes y yo los pasaba en máquina y archivaba.
_ Si, me suena. ¿Que necesitas?.
_ Nada, queria saber que era de tu vida.
_ Trabajo.
_ ¿Seguis usando ese lapiz chiquitito que en la punta tenia una goma?
_No.
Del otro lado la línea se corto, el sonido de corte no sorprendió a Baldwing.
Una minuscula sonrisa se habia apoderado de su rostro. Era curioso como jamás habia mediado palabra con Julian A. Granatá pero alcabo de unos segundos y gracias a la globalización al menos ahora sabia que trabajaba, que ya no usaba un lápiz gracioso y que su voz no era tan aguda como la recordaba.
Baldwing y el insomnio
Baldwing habia vaciado entera una lata de café y la música emitida por cadena nacional hacia parecer interminables las noches.
El ascensor subia y bajaba una y otra vez con ese sonido caracterizticos de los viejos edificios.
Lo que no le permitía dormir era la nueva mascota de su vecina de 5to b.
Baldwing salió al balcón. Desde allí se podía ver el campanario de la iglesia y los taxis gastando las calles.
Encencdió el último cigarro de la cajetilla Romeo y Julieta y pensaba que aquel animal parecia confundir la noche con el día. " Es un ave nocturna" habia escuchado decir a su vecina quien desoia su mascota dado que trabajaba de noche cortando entradas en una confiteria.
Baldwing volvió a su habitación. En la radio sonaba "El pastor solitario". Arranco una amarillenta hoja de su block de notas y la enrrollo.
Después de un pequeño esfuerzo cruzó medio cuerpo al balcón del lado y logró encontrarse con el ave. Metió prolijamente la hoja en la jaula del animal y antes de la última pitada encendió el papel.
Baldwing yació quieto mirando las llamas y el desesperado cantar del ave mientrás se preguntaba donde conseguiría a esas horas otra cajetilla de Romeo y Julieta.
Sobre el asfalto esa noche llovieron plumas de fenix y en adelante, Baldwing, no volvío a tener problemas de insomnio.
Baldwing y la navaja de su padre.
Cierto domingo, dos meses después de la muerte de su madre se le dió por entrar de nuevo al roido palacete de casa familiar. Luego de revolver cajones encontró una navaja de afeitar de su padre, que seguramente habia utilizado en vida. Le dió curiosidad que nunca su madre se la hubiese mostrado.
Por la noche se afeito con la navaja.
Al acostarse soño que hacia el amor con su madre.
Se despertó inquieto a mitad de la noche hasta pensar que él sólo fue un pasivo observador desde la subjetiva de su padre. Quizás en la muerte habia logrado unir a dos seres que por mucho tiempo estuvieron alejando.

Baldwing por la mañana guardo la navaja en el cajón que asegura con llave todas las mañanas antes de ir a trabajar y partió a tipear informes que debia archivar antes del mediodia.




